Esa es la razón por la que uno de sus primeros escritos hizo foco en una desgracia que marcó a toda su familia cuando José apenas tenías 6 años: su madre murió arrollada por un tren en una fría tarde de junio de 1941.
Su padre, como Vilardo hace desde que falta Leonor con la habitación matrimonial, puso distancia de la tragedia y se fue a trabajar a un campo en Gorostiaga, Chivilcoy, en una experiencia que sumó al principio a sus tres hijos pero que final solo terminó acompañado durante diez años por José, ya que sus dos hermanas volvieron con su abuela a Parque Patricios al mes de haber emprendido la aventura rural.
Laburante proletario
"Soy hijo del proletariado y por eso en la vida hice de todo, hasta escribir los poemas y las frases en los colectivos" que abordaba para ir a comercializar sus artículos a ferias, estadios y concentraciones y que hasta le servían para promocionar sus productos tan aplicables para la dama como para el caballero.
También fue empleado en los depósitos de la municipalidad porteña donde aquella concepción proletaria de origen y una conducta inclaudicable, lo convirtieron hasta que se jubiló en una suerte de delegado no electo opero, sin embargo, con un enorme predicamento entre sus compañeros.
"En el laburo de la municipalidad y en la calle siempre tuve como guía el valor de la palabra que para mí, aunque hoy cotice muy poco, tiene el valor de un documento", aseguró quien vierte mucha sensibilidad en sus escritos toda vez que empuña la birome para edificar frases en el cuaderno en las que las va atesorando.
"Yo estaba del otro lado del andén, justo cuando pasaba el último tren" dice uno de sus textos que suena a profunda melancolía, escritos como tantos otros con la geografía de los cien barrios porteños de fondo o con miradas envueltas en tristeza dirigidas a aquel dormitorio vacío que desde hace trece meses lo lastima.