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16 de noviembre 2014 - 00:12
Para Ricardo no hay nada más cálido que la Antártida
Su formación como técnico en telecomunicaciones le abrió la puerta al que terminó siendo uno de los grandes amores de su vida, forjado con el frío bajo cero, el viento y la nevisca

Ricardo nunca imaginó que aquella visita que hizo a los 8 años de la mano de su madre a un buque de la Flota de Mar surto en el Puerto de Buenos Aires, iba a gravitar tanto en su futuro. Ni tampoco que el realismo de un texto del libro de lectura que usó poco después en quinto grado y que narraba una aventura en la Isla Decepción, era todo anticipo de lo que le tenía reservado su destino.

Hoy, a los 71 años, Ricardo Gil evoca aquellas anécdotas que dan marco para testimoniar el vínculo inquebrantable que estableció con la Antártida, el continente helado cuyo solo recuerdo pone calor a sus fibras más íntimas. "Si por mí fuera, vuelvo mañana mismo porque mi paso por la Antártida me dejó grabadas en los ojos y el corazón muchas experiencias importantes", afirmó Ricardo a HISTORIAS DE VIDA. 

Aunque hace tiempo que se jubiló, las cajas con fotos en su mayoría blanco y negro, los mapas en los que detalla los lugares en los que estuvo, las charlas que da en las instituciones que lo invitan y los dos microprogramas que tiene en Radio Estación de Lomas de Zamora y en la AM 650, marcan puntos de contacto permanente con el que sin duda constituye un gran amor en su vida.


La anécdota de la excursión con su mamá a un buque remata con que ese barco al que visitaban acababa de llegar de una recorrida antártica. "Parece mentira, pero siempre tenía cerca algo relacionado con la Antártida", apuntó. A esa saga puede incluirse el comentario de un compañero de estudios, cuando se formaba como técnico en telecomunicaciones y uno de los estudiantes contó que había logrado ser parte como personal civil de una campaña antártica.

"Me atrajo la aventura y la posibilidad económica, por lo que me dirigí al Instituto de Hidrografía Naval -dijo- me anoté para ir a la Antártida y a los veinte días ya me estaban convocando para rendir el examen". Primero fueron las islas Orcadas donde un accidente lo obligó a retornar a Buenos Aires. Pero al poco tiempo, otra vez el Bahía Aguirre lo dejó en la Isla Decepción para iniciar la primera de las dos invernadas de 1965 y 1967, como una manera de hacer realidad aquella historia incluida en su libro de lectura de quinto grado.

Amor blanco

En Decepción, junto a los catorce compañeros del destacamento, fue protagonista de una odisea por la que fueron evacuados de la isla antártica, cuando entró en erupción un volcán que amenazó a convertir la helada geografía en un infierno. Más tarde participó también como personal civil de las campañas antárticas 1969-1970 y 1970-1971, en las que sumó a las que ya conocía de Orcadas y Decepción, las bases Belgrano I, Esperanza, Melchior, Almirante Brown, Teniente Cámara, Petrel y Carlini.

 

"La Antártida me enseñó muchas cosas pero particularmente que es un territorio que nos hace distintos a los pocos que hemos estado allí", puntualizó. Ese es el motivo por la cual tanto sus viejos compañeros antárticos como los nuevos que reciben con frecuencia en las bases donde se asientan sus llamados telefónicos, lo distinguen por el vínculo formidable que este hombre ha sabido forjar con temperaturas de hasta 30 grados bajo cero, entre el viento y la nevisca, que se expresa en una relación increíble con el terruño blanco que añora desde lo profundo de su corazón