Claro está que las ultramaratones, para los legos en la materia, son carreras pedestres en geografías rigurosas de hasta 250 kilómetros de recorrido. Si se permite la comparación, son una suerte de Dakar pero sobre dos piernas.
"En realidad soy embajador deportivo de las marcas que me acompañan" explicó, pero admitió que no es el triunfo o arribar en los lugares de privilegio lo que realmente le importa. "Suelo llegar entre los últimos, pero llego y cumplo con la cantidad de kilómetros que me fija cada una de las pruebas", aseveró.
Por ejemplo Sebastián corrió 120 kilómetros en el Sahara, otros tantos en el desierto de Omán y 250 en el de Gobi, 190 en el Himalaya, 50 en el Polo Sur y 42 en una mina de sal a 900 metros de profundidad en Alemania.
"Los ultramaratonistas de punta cubren las etapas en cuatro horas y yo le pongo diez, pero lo que vale es otra cosa -puntualizó-. Igual tengo mis ventajas: como estoy entre los últimos -ironizó- voy siguiendo las pisadas de los que van adelante y así corro sin el estrés de perderme".
Maratón a la carta
Aunque llegue entre los últimos Armenault sabe que de todos modos gana. "Al marroquí que arribó primero los 250 kilómetros del Sahara -precisó- le dieron 5 mil dólares de premio. Yo llegué en el puesto 793 y reuní 50 mil en donaciones. Pregunto ¿quién ganó?".
Pero arribar dentro del pelotón final no lo priva a Armenault de ostentar títulos como el de ser el primer argentino en correr en la Antártida y en integrar el selecto grupo de ultramaratonistas que corrieron en todos los continentes.
Es muy feliz con lo que hace y disfruta cada momento de las carreras, en especial cuando lee las cartas que sus dos hijas, Felicitas, de 19, y Justina, de 16, le entregan previo a cada viaje para que las abra antes de largar, en lo más parecido a un combustible que encienden el motor espiritual de Sebastian, para seguir corriendo.