"Vivimos todo el día para ella y sólo salgo a hacer alguna compra por acá y vuelvo enseguida", apuntó Roberto, de 70, que recién hace pocos meses dejó de trabajar en el último de los tantos empleos y oficios que ha tenido desde los 14.
Según la abuela, Ximena se cansó de tomar los remedios. En ese entonces estudiaba en un colegio privado de la zona y vivía a dos cuadras de donde está ahora, en la casa de la abuela materna quien hoy aunque quisiera, no podría atenderla por padecer un severo cuadro de Alzheimer.
Una grave descompensación neurológica derivó a Ximena a lo de Roberto y María Emilia, tras haber estado internados siete meses en el Hospital Fernández de la Capital Federal, donde los médicos la daban por desahuciada, y otros dos en el centro asistencial de Boulogne.
Una segunda oportunidad
Para María Emilia haber puesto el foco en Ximena, que tiene una hermana mayor, Julieta, de 22 años y totalmente sana, significó haber extendido la lucha que durante 30 días, entre diciembre y enero del 94, entabló en el Hospital Muñiz en pos del sueño a la postre trunco de ver recuperado del SIDA a su hijo Marcelo.
Hoy, la atención que junto a su marido le brindan a la chica emociona por las palabras, el cariño, las caricias y la dedicación para cumplir a rajatablas con los horarios de las medicinas, la alimentación y la higiene que mantienen con vida a Ximena.
Roberto destacó que en más de una ocasión, médicos que tratan a Ximena manifestaron que su nieta sigue viva por el enorme amor con que la cuidan en la casa, donde dicho sea suman también su aporte sus otros hijos Ana María y Sergio.
Así, con María Emilia que de grande se convirtió en enfermera exclusiva de su nieta y con Roberto empeñado a estar atento en cada movimiento de la chica en su cama, los abuelos cumplen su cometido. Y el amor se nota. No sólo por lo que plasman Raúl y María Emilia, sino porque un aura en la habitación avala que aun en su mundo y su estado, Ximena es partícipe de esos momentos.