Pero no es la única actividad que Campodanno ejerció como punto de fuga a la amargura que le significó haber enviudado hace ocho años. También buscó mitigar esa pena en textos narrativos en lo que aclara "más que escribir, describo".
La muerte de Elida, su primera esposa, lo golpeó duro y aquellas dos variantes ayudaron a la contención brindada por sus hijas Adriana y Graciela aunque fue la artesanía con chatarras la que más lo atrapó.
Víctor fue mecánico de siempre, para lo cual desoyó las sugerencias de su padre albañil que quería que siguiera sus pasos pero aunque en lo profesional eligió otro camino, los genes mandaron y fue así que la casa que habita y otra que levantó en González Catán, las hizo con sus manos.
Después que salió con diploma del Instituto Argentino de Motores y una formación que ya lo perfilaba como un profesional en el rubro, Campodanno abrió a los 25 años su primer taller en la calle Pola, en Villa Lugano, un año antes de casarse, en el que fue el paso previo a instalarse definitivamente en un local modelo en Villa Insuperable.
Fósiles de un camión
Poco antes que una enfermedad terminal acotara los días de Elida, Víctor encontró hundidas en el barrio de un descampado las ruedas de un carretón de auxilio. Las desenterró y las llevó a su casa donde entre la sugerencia de su esposa para que convirtiera las piezas en una maceta y la idea de hacer algo distinto que regulaba en su cabeza, optó por darle forma a su primera creación: el cañón.
"En total hoy tengo más de treinta y siempre que puedo las expongo" contó Víctor, quien para doblegar definitivamente a la soledad, hace siete años decidió unirse a Teresa, que tiene 78 y que también privilegia el arte, en su caso el recorte y armado de láminas en estilo francés.
Un cocodrilo derivado de piezas de tantos autos reparados custodia tras las rejas la casa que el matrimonio habita y en donde Campodanno sigue pensando en los futuros desafíos impuestos por esa metamorfosis que supo rescatar al viejo mecánico de la soledad.