"Será porque de adolescente tuve que cuidar a mi abuela que sufría Alzheimer, lo cierto que me cada vez me gustó más esto de poder darle una mano a los abuelos que llegan en muchos casos solos al momento de su vida en que más deberían estar acompañados", subrayó. Casada con Rodolfo y madre de tres hijos, Stella Maris sostiene que "se ha perdido la cultura que al viejito se lo acompañaba hasta que moría".
De su experiencia en el geriátrico, apuntó que "la familia de los abuelos que tenía a cargo decían que conmigo estaban bien, que yo los trataba como una hija, pero lo que realmente pasaba es que por más afecto y compromiso que pusiera, yo no era la hija de esos viejitos que sí querían estar con sus hijos y nietos'.
El punto, aclaró, es que no los venían a ver y esa soledad les significaba tanto dolor como sus achaques. "No digo que los geriátricos no sirvan, pero cada uno tiene un lugar", aseveró.
Como viejos amigos
"Cuando ahora voy a visitar a los abuelos a sus casas antes que entren al centro, te encontrás con que están deprimidos y solos porque se murieron los cónyuges, los hijos se fueron o la familia les invadió la casa", señaló Stella Maris que asegura que cada día se siente más completa con la experiencia que despliega en la entidad.
Allí fomentó la creación de un grupo que reúne a unos 110 jubilados que se hacen amigos entre ellos, se visitan, cuando no inician algún romance y los sábados y domingos organizan reuniones en el mismo local de Paysandú al 1200, en La Paternal, donde se divierten junto a sus hijos y nietos. El lugar también opera como un comedor que es asistido por PAMI aunque la consigna de Stella Maris es que nadie se queda sin comer.
Coca, Jordán y Blanquita son eternos agradecidos del centro y como sus compañeros consideran que allí han reencontrado a una "mamá" que los cuida, ayuda y escucha. Y mientras los mira con los ojos húmedos de emoción, Stella Maris siente que cumple con su destino.