En su relato, Dora contó que su padre era un trabajador ferroviario que viajaba mucho. "Era muy mujeriego. Abandonó a mi mamá Petrona en Río Negro, y me sacó de su lado. Me llevó a la casa de mi abuela paterna en la localidad de Banfield. Ahí me crié, creyendo que mi mamá estaba muerta. Hasta me hacían llevarle flores a una tumba del cementerio. Luego supe la verdad. Que ella estaba viva y tenía su familia en el sur. Tengo tres hermanas y un hermano", contó Dora.
"A los 18 años me decidí a buscarla. Y la encontré. Pero ella tenía su vida, los hijos chiquitos. Yo no podía encajar ahí. Así que me volví a Buenos Aires, me casé y formé una familia. Fue todo muy difícil para mí. Mantuve el contacto por teléfono o cartas. Yo nunca tuve una Navidad en familia, ni regalos, ni nada. Pero el amor por mi madre siempre estuvo, y estará. Por eso cuando mi hermana me llamó quedé conmocionada. No paraba de llorar", precisó Dora.
La noticia le arrugó el corazón. Sintió que el alma se le salía del cuerpo. Su mamá estaba agonizando. "Tiene 85 años. El médico les dijo a mis hermanos que nada se podía hacer y les aconsejó que se despidieran. Mi hermana me dijo al comunicarse que le iba a dar un beso de parte mía, en mi nombre. Por eso cuando corté, empecé a rezar, a pedirle a Dios que me diera una nueva chance de verla. Le pedí que la deje vivir un poco más", explicó la mujer, agregando que "a pesar de todo lo malo que me tocó vivir, que me marcó para siempre, a mi mamá le debo la vida, el estar acá, ahora con mis nietos y bisnietos".
"Lo cierto es que al ratito de terminar mi oración me vuelve a llamar mi hermana. Me dijo que era un milagro, que mi mamá se había recuperado súbitamente, que ya estaba bien, fuera de peligro. Como sabía que yo iba a rezar, me dijo que era por mi pedido a Dios. También me contó que los médicos no lo podían creer. Pero yo sí lo creo, porque Dios nunca abandona", contó Dora, dueña de una Fe que puede hacer milagros.