Allí recibimos la primera emoción: Cristian, el "chico" que nos recibió, no era ni más ni menos que aquel pibe que lanceaba carpas en la canoa, en tiempos donde su abuelo regenteaba el camping. Hoy a cargo de reflotar el San Huberto, lo vimos apurar las obras para recibir nuevamente a los pescadores.
Salimos en uno de los 8 botes que Andrés Brítez, dueño del pesquero El Cristo en Monte, tiene en alquiler en este recobrado espejo. El día no fue el mejor: agua planchada y 25 grados de temperatura conspiraban contra las mejores chances de pesca.
Pero la sorpresa vino al comprobar la cantidad de bulos y pejes que saltaban al rugir de los motores. Anclamos en el claro central, y armé un caña Sensitive de Tech, y mi amigo Miranda una Chasicó de Surfish. Empezamos a pescar con líneas de tres boyas cometa. Brítez, con línea tramposa.
Las boyas no derivaban en absoluto a falta de viento, por lo que los piques se veían con enorme facilidad. Los pejes picaban en profundidades de 20 a 25 cm, con bastante cautela. Los busqué más abajo con paternóster y obtuve algunos pejes interesantes, entre muchos dientudos. Nos movimos en un par de oportunidades, pero la pesca fue idéntica: pejes de 25 a 30, que tomaban con cierto desconfío, y algunos dientudos.
Brítez nos contó que con viento y al garete, salen los mejores pejes, incluso algunos de medio kilo. A cuidarlos entonces, autorregulándose con las cuotas. Nosotros, en las peores condiciones, logramos unos 25 ejemplares entre tres pescadores,en cuatro horas de pesca. Por lo pronto, los dejamos con nuestra primera experiencia en la laguna, en este reencuentro que seguramente nos invitará a volver por más y mejores pejes en muy poco tiempo.