Esa necesidad imperiosa de un anciano y su hijo literario es proyectada por Tomasi de manera directa al lector, quien ya no puede dejar de leer para saber si la profecía soñada se materializará y si Bichito logrará su objetivo de arrasar con las galletitas de su casa y las de otras varias casas. Pero también uno quiere saber si Elsa le confesará su amor de años a Emilio y si Cecilia dejará de sufrir por ese (¿ex?) marido.
El relato va y viene por capítulos que no son capítulos, que a veces apenas son fragmentos, frases, una línea que, página tras página empuja hacia la siguiente. Así empujan los días a Emilio que en ocasiones se sienta en su máquina de escribir y no puede completar un renglón, con esos dedos gastados de violinista jubilado. En el fondo, Emilio sabe que no podrá concluir esa historia antes del día indicado, sabe que Bichito no podrá comer todas esas galletitas en las pocas horas que le quedan.
Las causas perdidas, por definición, son aquellas que no tienen solución efectiva. De manera paradójica, esas causas suelen transitarse con una pasión impropia en otros proyectos viables. Ese tránsito, ese trayecto hacia lo que se sabe irrealizable casi de antemano es el cuerpo de este libro. Y vale la pena surcarlo.
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