“Ya no hay cracks, hay un vacío de talento, esto es lo que se ve”, dijo hace varios años el actual entrenador de Colombia, José Pekerman. Y agregó: “Los pocos cracks que hay, como por ejemplo, Riquelme, D’Alessandro y Aimar, va a costar muchísimo reemplazarlos. El sistema que forma parte de la estructura quiere quemar etapas y apurar los procesos de formación de los jugadores para después rápidamente transferirlos al exterior. Yo interpreto que las etapas de aprendizaje y del conocimiento no pueden saltearse en nombre de todas las urgencias económicas por las que atraviesan los clubes argentinos. La verdad, veo muy complicado el panorama”.

Pekerman anticipaba lo que luego estalló: los cracks de antes no tuvieron grandes herederos. Las distintas selecciones nacionales lo fueron verificando. Por supuesto, la sobrecalificada Superliga del fútbol argentino también padece esas ausencias. La de los jugadores con calidades superlativas. O por lo menos con un nivel de calidad infrecuente. Si por estas tierras prevaleció algo en particular fue la velocidad imparable por transformar a un jugador en un negocio, sin reparar en otra cosa que no sean los perfiles de ese negocio. En el arranque de la competencia queda en claro que la Superliga necesita a los cracks que ahora no tiene. Sin cracks se van apagando las luces del espectáculo.

La presentación de Boca ante Barcelona expuso las diferencias entre un crack y un buen jugador. Boca tiene un plantel con buenos jugadores, pero ningún crack. El planteo podría extenderse a todos los equipos del fútbol argentino. Las figuras no son grandes figuras. No hay un Burrito Ortega en ciernes. Ni un Caniggia. Ni un Redondo. Ni un Riquelme. Ni un Verón. Ni un Cambiasso. Hay jugadores jóvenes con posibilidades de crecimiento. Lo que sobra es lo que no se puede ocultar: demasiado apuro para que, Pavón, por citar un caso, se destaque o la rompa en un partido internacional y a Boca le lleguen ofertas y valijas cargadas de dólares por su pase. Como lo hizo Racing recientemente con la transferencia de Lautaro Martínez al Inter.

La realidad es que la bautizada Superliga también precisa algo muy específico: ser enriquecida por cracks que, de mínima, completen su etapa formativa en la Argentina. Que dejen algo para que los sucesores vayan recogiendo esas semillas. Como lo hicieron Riquelme y tantos otros cuando observaron el recorrido de sus ídolos. Esa dinámica se rompió. La dinámica virtuosa del fútbol argentino. La que Pekerman advirtió hace muchos años que estaba en serio peligro.

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