Por el año 390 AC un jefe del ejército galo, que se llamaba Breno, infligió una seria derrota a los romanos y sus hordas se apoderaron de la capital. Solamente el Capitolio se resistió por siete meses, hasta que finalmente los sitiados acordaron pagar un rescate que consistía en colmar de monedas de oro el plato de una balanza enorme. Pero, ni bien comenzaron a cargar el oro, los romanos advirtieron que las pesas eran falsas y que con ellas el tributo resultaba mucho mayor. Reclamaron, pero Breno lo aumentó todavía más arrojando su pesada espada entre las pesas. Su única justificación fue un grito ¡Ay de los vencidos! Y los romanos tuvieron que someterse a las razones de la fuerza. Breno era un bárbaro, pero también era una persona realista. Quien sufrió alguna derrota, entiende que no existe compasión para el perdedor, o para quien ve perder a su equipo preferido.