Siempre que alguien quiere justificar ganancias obtenidas de manera muy poco honrosas o de alguna transacción no demasiada clara , suele alegar que no hay diferencias con otros negocios porque “el dinero no tiene olor”. El dicho -”mon olet”, en su forma original- proviene de Vespasiano, emperador romano que gobernó en el siglo I de nuestra era.
Vespasiano, que recibió de Nerón las arcas agotadas del Estado, necesitaba sumas enormes para costear sus guerras y obras monumentales como el Coliseo. Para ello echó mano a los impuestos más insólitos y llegó a gravar el uso de los mingitorios públicos imponiendo una tasa sobre la orina, que provocó fuertes polémicas en todo el imperio y que despreció hasta su propio hijo Tulio.
Cuando Tulio le dijo a su padre que la medida que había tomado era inmunda, Vespasiano ordenó traer una fuerte suma. “Aquí tienes -le dijo- dime cómo huele”. Como Tulio no percibió ningún olor en particular, su padre le informó que provenía del impuesto a la orina. “Ya ves -agregó con sorna- no tiene olor”.