Este dicho tan popular no tiene ninguna relación con tener suerte o derramar alguna lágrima sobre los naipes. Se originó en el Buenos Aires colonial como referencia a una situación que era habitual entre quienes mendigaban. Una familia mal vestida llamaba a la puerta de una casa y le entregaba al dueño una carta firmada por algún personaje de prestigio en la sociedad. En la misiva se mencionaba la situación apremiante por la que pasaba esa familia y se solicitaba cualquier tipo de ayuda que se le pudiera brindar. Para finalizar, se enumeraba una lista de las personas que ya habían cooperado y el monto o lo que habían entregado. Mientras el dueño de casa leía atentamente la carta, la familia lloraba a coro y se lamentaba angustiosamente. De esta forma era difícil que alguien pudiera resistirse a esa extorsión. Con el tiempo, la frase fue adquiriendo un sentido más amplio y actualmente se utiliza para hacer referencia a la actitud de alguien que cuenta todas sus desdichas para sacar algo a cambio.