Esta expresión con la que habitualmente queremos demostrar pena, se origina a partir del verbo blasfemar, que significa “injuriar a Dios o a las cosas sagradas”. Antiguamente se consideraba la blasfemia como falta gravísima y en algunos pueblos se llegaba a castigar con la muerte. Ni siquiera se podía mencionar la palabra. Por eso, durante la Edad Media, los hombres de la Iglesia, para no pronunciar la palabra, decían blastemar.
De ahí se origina “lastimar”, palabra que fue atenuando el sentido original de agraviar a Dios y con el tiempo adquirió el significado actual que es herir levemente o mortificar con las palabras. La connotación de dolor que implica la palabra, siempre se ligó a las lágrimas. La influencia de “lágrima” hizo que naciera lástima, que es un sentimiento de pena o piedad que asocia la lastimadura con el llanto.
Actualmente la expresión “qué lástima”, siempre es un buen recurso para aceptar con resignación y algo de bronca las malas pasadas de la vida y de la suerte.