Como todos los años, el 7 de agosto convocó a una multitud frente al santuario de Liniers, donde en la vigilia se mezclaron el acampe y el amor entre los fieles e historias conmovedoras.

M iles de personas se congregaron ayer en el santuario de San Cayetano, en el barrio porteño de Liniers, para pedir “pan y trabajo” en conmemoración del día del santo.

“San Cayetano ayudá a la Argentina a caminar para ser un pueblo santo”, fue el lema que imperaba en uno de los encuentros con más tradición en la grey católica nacional.

El santuario ubicado en Cuzco 150, en el oeste de la Ciudad de Buenos Aires, permaneció abierto desde el primer minuto de la madrugada de ayer y las misas arrancaron a las 11:00, y se celebraron cada dos horas.

La primera misa fue la central, ofrecida por el cardenal Mario Poli, quien pidió “una mano” a San Cayetano para “defender las dos vidas” (ver aparte), mientras sacerdotes ofrecían a los peregrinos servicios de bendiciones y confesiones dentro y fuera del santuario, y los servidores ofrecían mate cocido en forma gratuita.

La vigilia, el acampe y el amor entre los fieles se reparte y así se vivió nuevamente este año, como siempre. Cada día en la previa del siete de agosto, la comunidad de la iglesia se acerca entre sí. San Cayetano, por momentos, trasciende las barreras de la fe y se transforma en algo más que un patrono al cuál pedirle. Se convierte en una excusa para estar día a día y reunirse, con la fidelidad de fondo de testigo.

Dorita tiene 64 años. Saco gris, anteojos grandes y una sonrisa que acompaña. Está sentada en primer lugar. Todos le dicen tía, pero es sólo la tía de dos o tres personas. La buscan, la abrazan, le dicen que pare de hablar por WhatsApp. Hace 30 años que va ininterrumpidamente a la catedral de Liniers. Lo hace para celebrar, para agradecer. “Por suerte, nunca tuve que venir para pedir trabajo” , dice. Y sonríe.

Es la más grande de un grupo de cuarenta personas. Nancy, Amalia, Alicia y Graciela son las mujeres que empujan. Cocinan tortas fritas para todos. Cuando la noche cae ellas comienzan a cocinar un guiso para sesenta personas. “Ya sabemos que le gusta a cada uno. Nos conocemos hace mucho”, cuenta Nancy mientras saca del aceite hirviendo una torta frita. Lo hace con cuidado. Primero para no manchar la ropa. Segundo para no manchar la foto de Mary que tiene colgado en su chaleco.

Todas tienen una foto de Mary. Una mujer morocha, de anteojos y que las acompañó durante mucho tiempo. “Es para recordarla. Nos dejó antes de Navidad”, agregan. Casi al unísono. “Nos dolió mucho. Acá venimos todos los siete. Pero siempre pensamos esto, diagramamos, nos juntamos a comer asado. Es la fe, sí. Pero es algo más. Venimos por otra cosa”, dice Dorita mientras busca la mirada cómplice de sus compañeras. La tiene. Un minuto después camina un par de pasos y se sienta en la silla amarilla que está en el primer lugar de la fila.

El aroma es penetrante. Llega a todos lados. Desde hace tres cuadras que el humo y el aroma que dispara una carne asándose despierta los sentidos. Casi a tres cuadras se siente el aroma. Son hamburguesas, pero al lado hay un fuego, en el piso, a un paso de la vereda y con una parrilla. Las brasas, la reja, una chapa y el trozo de carne. No se necesita más infraestructura que eso para cocinar un asado. Entre ellos aparece, en invierno, la figura de un hombre. Es Gustavo. Mientras con el tenedor mueve la comida, se pone de espalda a la foto y dice: “Si me saco la remera vas a tener la primicia, eh”.

Este hombre de 46 años, bajito, morocho y risueño desafía con dulzura: “Mirá”. Y rápido, en medio de la fila, se levanta la remera y deja ver un San Cayetano que le cubre toda la espalda. Desde la cola hasta el hombro. Mientras en esa posición, con la remera arriba, tapándose la cara, desguarnecido, sus amigos le hacen chistes, lo tocan, lo acompañan, le bajan un poco el pantalón para hacerle bromas. Se divierten.

“Estos chicos me acompañan. Siempre. Quise hacerme esto porque me di cuenta que estaba por el mal camino. Y ellos me ayudaron”, dice. Gustavo era alcohólico. Durante mucho tiempo la mujer lo soportó. “No llegaba a mi casa, me quedaba en la obra, con gente. Un año entré borracho a la iglesia en San Cayetano. Ya no podía más”. Orgulloso, con una botella de agua, se divierte con el resto. “Acá venimos, hacemos comida, chori, asado. Pero nos divertimos, hablamos todos los días por WhatsApp”.

Los años pasan y hay que agradecer. Ellos lo tienen en claro y por eso lo dicen. “Está lleno de jóvenes. Cada vez hay más”. Se alegra.

Mariana tiene treinta años y hace 20 que va. Antes corría entre la gente, ahora espera a que sus hijos lleguen de la mano de su padre. “Yo siempre creí. Y convencí a gente para que crea. Con una ayuda del santo”.

Sentada en una carpa con las piernas cruzadas y con tres cajas de alfajores Guaymallén para repartir adentro, Mariana dice: “Pedimos por Isabella. La nena de una amiga que estaba muy mal. Le dije a la mamá que venga, ella no creía. Pero viste, vino, hizo todo y el santo la ayudó. Ahora Isabella llega más tarde con la mamá”. No está desde hace mucho. Acompañada con algunas amigas, ella llegó a las diez de la mañana desde Laferrere. Se acomodó, armó su carpita y repartió algunas sonrisas. “Cada vez hay más chicos. Eso me pone contenta. Hace falta y la juventud aparece. Necesitan un guiño. Sino fijate Isabella”.

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