De nuevo: esas palabras importan porque revelan cómo piensa el corazón del Gobierno. Las Madres de Plaza de Mayo estallaron en 1986, en pleno gobierno de Raúl Alfonsín, cuando un grupo opuesto al reinado stalinista de Bonafini se apartó de ella y organizó la Línea Fundadora, cuyas cabezas más visibles han sido desde entonces Nora Cortiñas y Tati Almeida. Cortiñas cuestionó ahora frontalmente la promoción de Milani, advirtiendo que los senadores oficialistas, reclutados para promulgar su ascenso, practicaron una pedestre obediencia debida, la más grave imputación concebible en el movimiento de derechos humanos. ¿La respuesta de Bonafini? Previsible, pero atroz: quienes se oponen a Milani 'vendieron la sangre de sus hijos'. O sea que para las Madres de Bonafini, las Madres de la Línea Fundadora vendieron la sangre sus hijos muertos en los años setenta del siglo veinte.
Uno de los aspectos más relevantes de fenómeno de severa disgregación que se pone de manifiesto en el bloque oficial es el evidente enfriamiento con el Gobierno de grupos que lo han acompañado pacientemente durante años. Si la Línea Fundadora es uno de ellos, el otro es el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) que preside Horacio Verbitsky.
Tras una amarga confrontación inicial, en 2003, Verbitsky se alineó con el Gobierno sin eufemismos. En enero de 2003, cuatro meses antes de las elecciones tras las que llegó Néstor Kirchner al Gobierno, Verbitsky había escrito que Kirchner tuvo un rol decisivo en la década de los años noventa para conseguir la privatización de YPF, cuando despachó el avión de la gobernación santacruceña para asegurar que uno de sus diputados, con una pierna enyesada, llegara a tiempo a la sesión decisiva. Dijo entonces Verbitsky que 'con las regalías atrasadas percibidas (Kirchner) efectuó colocaciones financieras en el exterior, lo cual prueba que no se quedó en el '70. Sus simpatizantes tampoco mencionan el lobby sobre el gobierno nacional que Kirchner encabezó hace un año. (...) (Kirchner) fue el vocero de Repsol contra las retenciones a las exportaciones de hidrocarburos decididas en aplicación de la ley de emergencia económica'. En 2011 Verbitsky dobló la apuesta: 'No cambié yo, sino Kirchner. Suscribo hoy cada palabra de las que escribí entonces'.
Ahora, ante el hecho consumado de la orden presidencial para que Milani fuese promovido, sí o sí, el CELS de Verbitsky ratificó que era 'inconveniente su ascenso y su permanencia como jefe de Estado Mayor del Ejército', concluyendo sin ambigüedad, que 'no corresponde aprobar el pliego de ascenso de César Milani', lo que 'ratifica su falta de idoneidad para conducir un Ejército de la democracia'. Lo interesante de estas posturas (Madres Línea Fundadora, CELS) es que se apoyan exclusivamente en lo actuado por Milani en La Rioja hacia 1977. Nada dicen, en cambio, del enérgico compromiso explícito de este militar con el actual gobierno argentino, al que ha adherido en términos ideológicos y políticos inauditos en democracia. Llamativo es que tras una década de minucioso monitoreo del pasado para estigmatizar y/o escarnecer presuntos cómplices civiles con el gobierno militar de 1976-1983, el kirchnerismo haya asumido con casi total docilidad la pasteurización de un militar curiosamente nacional y popular, que en los años de plomo participó de la guerra contra la subversión. Para muchos, no sería una exageración concluir que este Milani de 2013 se coloca en el mismo lugar al que se trepó Aldo Rico en 1987. Rico, empero, tuvo menos suerte, porque nunca llegó a nada. Hoy, en cambio, Milani es conducción.