¿Cuál es entonces la auténtica cara de Argentina? ¿La que mostró en Barranquilla el 17 de noviembre de 2015 o la que denunció en Santiago en la noche del 24 de marzo de 2016? Esto es, precisamente, lo que tiene que definir. Los buenos equipos no varían tanto los rendimientos. No oscilan tanto de un partido a otro. No se abrazan a una idea y en la siguiente parada atrapan otra búsqueda. Los buenos equipos se sostienen en la confirmación de una línea y de un estilo.
A la luz de las evidencias, queda claro que la Selección que conduce el Tata Martino todavía no confirmó una línea ni un estilo. Como si se subordinara en exceso a las circunstancias y el contexto de cada compromiso. Y de cada adversario. Chile, al igual que en la final de la Copa América disputada el sábado 4 de julio de 2015, tuvo más recursos colectivos para coquetear con cierto monopolio de la pelota. Es verdad, llegó en contadísimas oportunidades a la zona de fuego de Chiquito Romero (sale poco y nada en los centros, como por ejemplo en el gol de cabeza que le anotaron), pero ahogó a la Selección con gran perseverancia en la salida y en la posterior progresión.
¿Qué le quedó a Argentina? El aguante que mostró en el fondo a pesar de no tener a Mascherano. Ausencia que por otra parte Kranevitter no logró disimular. Mascherano para al equipo más adelante. Lo saca del fondo. No lo deja retroceder tanto. Kranevitter se dejó arrastrar por la presión casi hasta la zona de los centrales (Otamendi y Funes Mori) y Biglia también sufrió ese efecto dominó. La consecuencia directa fue que Argentina quedó partida, estirada en la cancha, dispersa absolutamente de mitad de campo en adelante y dependiente de inspiraciones individuales que suelen traducirse en egoísmos que no conducen a nada efectivo.
Lo que no puede negarse es lo que conquistó. Vencer a Chile en Chile después de estar perdiendo 1-0 y pasándola mal, no es un dato objetivo que haya que esconder. Es meritorio. Es importante. Alimenta la autoestima. Fortalece los climas internos y externos siempre frágiles. Pero la Selección tiene que crecer en juego. E incorporar un funcionamiento que hoy no tiene. Después si pretende jugar achicando hacia atrás o hacia adelante, es una cuestión de preferencias. Pero con cualquier opción que elija se precisa un funcionamiento.
Esa deuda no se saldó. La experiencia y la victoria en Barranquilla se acerca muchísimo más a lo que quiere Martino. La experiencia y la victoria en Santiago se acerca a una resolución capturada por las necesidades y por sus limitaciones. Ahora, respira más aliviada la Selección. El próximo martes la espera
Bolivia en Córdoba. El rival es muy accesible. Habrá que ver como le suenan los violines a la Argentina.