El Presidente empeñó una impresionante cuota de su capital en sacarle al Congreso, prácticamente, manu militari la codiciada reforma del Consejo de Magistratura
Ni siquiera se privó de “corregir” a los medios; fueron 149, aclaró, enojado, y no 148, los diputados que se disciplinaron, obedientes y firmes, para darle al Gobierno una sólida victoria en Diputados cuando aprobaron una reforma judicial que coloca a los jueces bajo el poder de veto del Poder Ejecutivo. Minucioso, desprovisto de todo complejo en la materia, ratificó su orgullo de las razones por las cuales se lo compara con “un contador suizo”: al día siguiente del triunfo, eufórico, el presidente Néstor Kirchner no dejó de recriminar de nuevo al periodismo, uno de sus desahogos predilectos. Efectivamente, el tablero de la Cámara de Diputados había consignado la noche del miércoles 148 a favor y 89 en contra, y eso dijeron los medios. Al día siguiente, la diputada Ana Berraute (kirchnerista, Santa Fe) no se quiso quedar afuera y aclaró que aunque el tablero no la registró, ella sí había apretado la tecla por la afirmativa, por la cual, palo y a la bolsa, los votos de Kirchner fueron 149. Y el Presidente consideró que no haberlo mencionado fue (otra) culpa del periodismo. El episodio tiene mucha miga, más allá de la aparente pequeñez de la anécdota. El Presidente empeñó una impresionante cuota de su capital en sacarle al Congreso, prácticamente, manu militari la codiciada reforma del Consejo de Magistratura que crea inexorablemente las condiciones de posibilidad para que el Poder Ejecutivo mantenga un veto de última instancia sobre el nombramiento o la destitución de los jueces de la Nación. Eso explica el fenomenal proceso de homogeneización que el proceso de esta ley le significó a las diferentes gamas del peronismo en el poder, al punto que, por ejemplo, Carlos Kunkel y Carlos Ruckauf votaron igual y juntos la misma norma, una fotografía concluyente. La identificación de Estado con Gobierno es igualmente elocuente: los voceros del Ejecutivo y sus representantes en el domesticado Congreso han tratado de explicar el por qué de la necesidad de una mayoría política oficial en el futuro del Consejo de la Magistratura sosteniendo que, luego de los años Noventa (o sea, el gobierno justicialista de Carlos Menem), es hora de volver a relegitimar el rol del Estado en la Argentina. Por eso, alegan, la mayoría política oficial en un organismo que debe ser, por su esencia, una garantía de control de los eventuales excesos del poder de turno. Para Kirchner, como para Menem en los Noventa, Estado y Gobierno son dos nombres de lo mismo. Por eso, paladines del menemismo hasta ayer nomás, como el salteño Juan Manuel Urtubey, sostienen que la entrega de poder de veto al actual Ejecutivo en la designación y destitución de jueces no es otra cosa que desandar el camino de esos ahora estigmatizados años Noventa, cuando -según él- la Justicia había sido colonizada por el sector privado. Así, el mismo peronismo que configuró en aquella época una Corte Suprema pronta a avalar las necesidades políticas de aquel gobierno, desarma los logros de la reforma constitucional de 1994, al deshacer la autonomía que aquel proceso había imaginado para el poder judicial. El Presidente no cree en esos criterios, no los comparte y su obra de gobierno se endereza a demostrarlo a cada momento. La razón de su actual éxito político anida en su percepción para sintonizar los deseos ostensibles y explícitos del peronismo, nuevamente agrupado en torno de su líder, tras los delirios “alternativistas” de la abortada transversalidad. Desde esa mirada, no asombra excesivamente que una alegre tropa de personas desdeñadas e incluso combatidas por los combativos progresistas del justicialismo se encolumnen ahora sin remilgos con las necesidades imperativas de la Casa Rosada. La ley 26080, aprobada el miércoles en Diputados y promulgada en tiempo record el viernes por Kirchner, reforma el Consejo de la Magistratura con una interesante dotación a bordo: Luis Barrionuevo, Mabel Muller, Oscar Rodríguez, Carlos Ruckauf, Alfredo Atanasof, Graciela Camaño, Eduardo Lorenzo Borocotó, Hugo Toledo y Paola Spatola votaron hombro a hombro y en el mismo contingente del que forman parte, por ejemplo, Carlos Kunkel, Edgardo Depetri, Juliana Marino, Remo Carlotto, Héctor Recalde, Jorge Coscia, Osvaldo Nemirovsci, Patricia Vaca Narvaja, Diana Conti y Mercedes Marcó del Pont, entre otros. Dos ausencias fueron significativas, gestos de orgullosa soledad en la intemperie: Rafael Bielsa y Miguel Bonasso no votaron la ley exigida por Kirchner: para ellos no hubo obediencia debida que se justificara. El Presidente ha tenido un éxito notable que lo ratifica en su idea de que se puede gobernar el país desde el poder y solo con el poder en las manos. Se verá ahora cuánto costó ese triunfo y si el fantasma de precios pagados, al estilo de las acusaciones contra el Senado en la época de Fernando de la Rúa, no salpican el banquete aparentemente perfecto que se ha devorado la Casa Rosada. Ya ayer, sábado 25, se hablaba mucho de que diputados salteños repentinamente kirchnerizados, pese a ser integrantes del interbloque armado con las fuerzas provinciales que orientan Propuesta Republicana (Pro) de Mauricio Macri y Recrear de Ricardo López Murphy, habían sido literalmente comprados por el Gobierno a cambio de obras públicas y aportes del Tesoro Nacional. No está demostrado que haya sido así, pero no es inconcebible. Sin embargo, uno de los aspectos más revulsivos que ofrece la reforma del sistema para destituir y nombrar jueces que se convirtió para Kirchner en la madre de todas las batallas, es la asombrosa reescritura de la historia por quienes hoy gobiernan el país. En ese plano, no se los puede calificar de mesurados. Así, de participante activo de la reforma constitucional sancionada en 1994 en Santa Fe, Néstor Kirchner pasó a ser ahora un fervoroso enemigo del Pacto de Olivos acordado en 1993 por Raúl Alfonsín y Carlos Menem. Gobernador de Santa Cruz por aquellos años, el Dr. Kirchner y su esposa Cristina Fernández fueron convencionales constituyentes del peronismo y convalidaron explícitamente el llamado “núcleo de coincidencias básicas” suscripto por radicales y justicialistas para reformar la ley fundamental de este país. Todo indica y ratifica que 33 meses después de haber asumido la presidencia de la Argentina con el 22 por ciento de los votos, el gobierno de Kirchner se siente victorioso e imparable en términos de gestionar desde una implacable exclusión de quienes no lo acompañan o no acuerdan del todo con él. Suele decir el Presidente que la oposición no le merece respeto ni consideración porque se une para adversarlo, como si confrontar con un gobierno en el poder no fuese el derecho y hasta la obligación de las alternativas en una democracia. El Dr. Kirchner no oculta (¿no quiere o no puede hacerlo?) la santa indignación que le producen los pensamientos diferentes. ¿Es acaso normal y sano que un presidente de la Nación le advierta a la opinión pública qué diario es “opositor”, o no es independiente, tal como él concibe el término? En la oposición las aguas bajan muy turbias. Kirchner le mordió cinco diputados al radicalismo, lo que motivó escenas de picaresca criolla notables, como la protagonizada por el correntino Ricardo Colombi. Este legislador, elegido por el radicalismo pero fuera del bloque, propuso “echar a los radicales que ayudaron a Eduardo Duhalde”, curioso apotegma si se considera que sin el apoyo determinante de quien apoyó su candidatura (Duhalde), Kirchner no hubiese entrado segundo en las elecciones de abril de 2003. López Murphy admite que “nos pasaron por encima” y con toda sensatez invita a no subestimar al Presidente. Es que ahora es el tiempo excluyente de Kirchner. Planetas alineados, furioso viento de cola, blindaje casi perfecto, balas que no entran: el Gobierno marcha a la coronación del proyecto reeleccionista, que debería ser catapultado entre el 24 de marzo y el 25 de mayo. No tiene ahora el Presidente más razones para evitar la proclamación y blanqueo de deseo de permanencia en el poder hasta 2011. El poder, como siempre, es el punto de partida y el punto de llegada para gente pragmática y audaz. www.pepeeliaschev.com [email protected]

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