Allí, a diario los jóvenes realizan actividades como boxeo, acrobacia en tela, trapecio, aro y piso, folkdance, zumba, teatro, percusión, candombe uruguayo y hasta cuentan con apoyo escolar gratuito. Y allí también PORTEÑO DEL SUR escuchó el atrapante relato de Huguito.
"Mi casa está acá, a media cuadra del club. Prácticamente, yo nací y me crié aquí adentro. En casa éramos cuatro hermanos, dos varones y dos mujeres. Mi abuelo era italiano y vivía en Constitución, pero compró unos terrenos en esta cuadra y se los dejó a mi viejo y a mi tío. En esta zona no había nada. Los Luppi pusieron curtiembre y fueron los primeros que dieron trabajo a la gente del barrio. Ellos eran casi los dueños de Pompeya. Acá estábamos bien. Nunca hubo inundación, pero más allá... la inundación", recordó.
"Cuando se fundó el club pasó a ser el mejor de la zona. En aquella época los clubes se formaban en la piecita de algún vecino que estuviera libre. Y acá no. Juventud y Armonía tenía su lugar propio. Había cancha de básquet y cualquier cantidad de socios que lo jugaban. El primer campeonato de baby fútbol de la zona lo organizó el Club Social y Deportivo Juventud y Armonía. Francisco Montorvino, un ex jugador de Vélez que era de esta zona, tuvo la idea. Y el torneo hizo "capote" total. Acá en la zona no había quien le arrimara el poncho. Yo lo jugué. Tendría 11 años, calculo. Nos dividieron por edad y por altura".
"El conjunto de patín que teníamos en los '50 era grandioso. Yo veo los patinadores internacionales y ninguno le puede hacer sombra a los que tuvo nuestro club. Patinaje artístico y de acrobacia teníamos. Y creeme que no exagero ni un poco. Además las chicas patinaban con una pollerita muy cortita y esto se llenaba de bandera a bandera para verlas. Dios mío".
"Yo practiqué básquet desde los 6 años. Obviamente al aire libre. Teníamos una pelotita menos pesada para poder llegar al aro. Cuando había partido, se llenaba. Después empezó el básquet femenino. Lo único que nunca pude aprender es a bailar. Lunes, miércoles y viernes había práctica baile de tango y milonga para hombres. Pero no hubo caso, no podía sacar ni un paso yo. Practicábamos entre los hombres. Me tuve que ir a una academia de baile de Flores. Pero tuve la desgracia de que le pude hacer el tiro a una de las que practicaban y no me dejó ir más, jaja. No llegué a bailar nunca".
"Cuando reinauguramos las instalaciones acá cantó Alberto Castillo. El bandoneonista Juan Carlos Caviello venía con la orquesta típica del maestro Roberto Firpo y ensayaba acá en el club. Raúl Lavié vino a los 19 años acá a cantar. Hacían concurso de cantores y se iba desde el club a Sáenz a tomar el colectivo y se iba cantando", contó.
"Los bailes de carnaval eran suceso. Ojo, las mujeres no venían solas. O con la madre o con la tía. Se sentaban en hilera para que las sacaran a bailar. Enfrente del club estaba Fandiño, que era el portero. Y aunque eran épocas de 'mishiadura', no pasaba el que no tenía la entrada y estaba bien vestido. No se colaba ni el viento. Con traje, camisa y zapatos. Y al que hacía lío, los muchachos lo agarraban de la parte trasera del pantalón y lo tiraban por arriba del paredón hacia la calle. Y al que se quería sobrepasar con alguna señorita, aparecían los roperos y lo curaban. Se le ponían uno de cada lado y afuera. Acá se la respetó a la mujer. Siempre".
"Yo me juntaba desde los 16 años con gente mucho más grande. Eran señores. Te enseñaban a vivir. Tuve mucha suerte. Acá jugábamos a las cartas por el vermú. Eso apostábamos. El gusto era invitar a tomar algo a los otros 3 o 4 que jugábamos. Pero de mi época ya no queda nadie. Yo me casé a los 28 y vine unos 15 años más. Después el club se vino un poco abajo. La gente joven que se iba del barrio dejó de venir. Lo resucitaron y lo recuperaron ellos (por los actuales dirigentes, Maru Cava y Omar Basilone). Hay que atraer a los chicos y darles cuerda para que se encariñen con el club. Si no, vienen a hacer gimnasia y se rajan. Y nosotros ya estamos todos en la lista. Nos queda poco. El sentido de pertenencia es la clave".