La Presidenta atraviesa su último año de mandato, acaba de comenzar una confrontación brutal con gran parte del poder judicial, la economía sigue complicada y el gobierno decidió encerrarse sobre un grupo de leales antes que eficaces.
"Nisman podría no ser el último". La frase de Carlos Stornelli hiela la sangre de jueces y fiscales federales. Los convocantes del 18-F son hombres curtidos en la política. No son ingenuos. Saben que una réplica de la marcha del silencio de París contra el terrorismo en Charlie Hebdo crispa al gobierno.

La muerte del fiscal Alberto Nisman funciona como un doble punto de inflexión. Por primera vez en la historia, los semidioses de la justicia salen a la calle. Pero también se asumen como actores de poder. Las motivaciones son varias. Algunos encontraron el momento justo para vengarse de un gobierno hostil. Otros, la mayoría, tienen miedo de verdad. Temen que la muerte de Nisman sea el comienzo de una campaña manchada con sangre.

Para entender el mensaje del 18-F, sólo hay que reparar en el lugar de convocatoria y las caras presentes. La cita es en el Congreso nacional. Allí Nisman debía llegar para denunciar a la presidenta Cristina Kirchner. El recorrido concluye en la Plaza de Mayo, el epicentro político de la Argentina.

Está claro que el interpelado es el gobierno. Por si había alguna duda, Guillermo Marijuan es el fiscal de la causa Lázaro Báez; Ariel Lijo es el juez que procesó a Amado Boudou por el caso Ciccone; Carlos Rívolo imputó al vicepresidente por dádivas; Claudio Bonadío es el magistrado que ordenó allanar la empresa de hoteles de Cristina; José María Campagnoli fue el emblema de la resistencia de la justicia perseguida en 2014.

La reacción oficial está llena de infantilismo e impotencia. La victimización les sienta bien. El relato marca que el gobierno popular es víctima de los instrumentos más terribles de las corporaciones económicas que quieren enterrar al kirchnerismo para siempre.

El enemigo está dispuesto a todo. Los jueces a meterlos presos, los medios a mentir y difamar, el sindicalismo a agitar la calle como nunca y los servicios de inteligencia a tirarles un muerto por la cabeza. No importa si están convencidos o no de semejante complot destituyente. Saben que el golpe por la muerte de Nisman es contundente.

La furia se expresa en un jefe de Gabinete que perdió completamente su pragmatismo y moderación. Con la cara transformada, Jorge Capitanich rompió un diario en mil pedazos. Todavía no comprendió que podría ser una buena metáfora de su carrera política.

El oficialismo suele salir de circunstancias adversas. Se recuperó de la crisis social y política después de la guerra con las patronales sojeras en 2008. No obstante, el contexto político esta vez es diferente. La presidenta atraviesa su último año de mandato, acaba de comenzar una confrontación brutal con gran parte del poder judicial que tiene sus batallas en causas como Hotesur, Ciccone y Báez, la relación con el movimiento obrero está quebrada, la economía sigue complicada y el gobierno decidió encerrarse sobre un grupo de leales antes que eficaces. Eso es el pato rengo.

Todos los presidentes tuvieron los mismos problemas al final. Ante la perdida de poder, como dijo Cristina, se desatan los peores demonios.

La salida en el corto plazo fue encontrar un chivo expiatorio. Un monje negro que absorba el asesinato de Nisman y el pánico impregnado en la sociedad.
El elegido es un monstruo al que no se le conoce la cara. Cualquier director de cine sabe que esa receta funciona siempre. Cuando el público se da cuenta que el engendro es tan humano como ellos, pierde el miedo. Por eso Antonio Stiusso sirve.

Los voceros del gobierno, sin embargo, son imprecisos. No explican por qué Stiusso es el malo de la película. Sugieren que "Jaime" quiso vengar su salida de la ex SIDE a través de una operación perversa. Usar al fiscal Alberto Nisman. Primero llenarlo de información falsa para que denuncie a la Presidenta y luego matarlo para que se instale en la sociedad la idea de que había sido asesinado por los denunciados.

Un poco más sofisticado Ricardo Forster, explica que Stiuso es un simple ejecutor de ordenes de la CIA y la Mossad, los servicios de inteligencia de Estados Unidos e Israel. Esos países le habrían marcado la cancha a la Argentina por su nuevo posicionamiento geopolítico.

La muerte de Hugo Chávez generó que Cristina Kirchner se haya convertido en la nueva líder del eje bolivariano (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Cuba y Argentina). También una aproximación hacia aliados estratégicos como Rusia y China. El castigo imperial fue la muerte de Nisman, para enterrar toda posibilidad de continuidad kirchnerista en la Argentina.

Se pueden desplegar hipótesis todavía mas disparatadas. Lo importante, como dicen los británicos, son los hechos. La vox populi sigue repitiendo lo mismo desde el día uno. No fue suicidio. A Nisman lo mataron. Fue el gobierno. Tal vez gran parte de la sociedad escucha lo que quiere escuchar y ve lo que quiere ver. Pero las encuestas que encargó el propio oficialismo confirman esa inquietante realidad. Por eso la impotencia.

El dato que le suma más confusión a la mesa chica presidencial es que Daniel Scioli no se derrumbó. Cristina Kirchner habría sumado más de 13 puntos a su imagen negativa.
El gobernador bonaerense, sólo dos. Un dirigente de La Cámpora lo califica como equilibrio hipócrita. Está con nosotros en las buenas, pero se borra en las malas. Como sea, Scioli tiene esa asombrosa capacidad para que no le entren las balas. Al parecer, tampoco la última.

Contacto

Registro ISSN - Propiedad Intelectual: Nº: RL-2021-110619619-APN-DNDA#MJ - Domicilio Legal: Intendente Beguiristain 146 - Sarandí (1872) - Buenos Aires - Argentina Teléfono/Fax: (+5411) 4204-3161/9513 - [email protected]

Edición Nro. 15739

 

Dirección

Propietario: Man Press S.A. - Director: Francisco Nicolás Fascetto © 2017 Copyright Diario Popular - Todos los derechos reservados