Nada más falso. Y más superficial. Esa ficción, en definitiva, tomó la estatura de una realidad incontrastable. Pero nunca dejó de ser una ficción. La militancia por Racing terminó desbordando todo. Lo que siempre sobró fue voluntarismo, mientras faltaron algunas señales perdurables. No certezas, porque el fútbol no las ofrece, pero sí una cuota más importante de previsibilidad. Y de proyecto colectivo.
La victimización recurrente a la que suele apelar Racing ante cada contratiempo es un síntoma evidente de su confusión e impotencia. Y de su gran desconcierto. Porque no hace pocos años que se siente perseguido Racing. ¿Perseguido por quién? ¿Por quiénes? ¿Por los poderes de turno? ¿Por la AFA? ¿Por la sinarquía internacional? Las preguntas no resisten un análisis serio. Racing se persigue a sí mismo. Y se inmola. Una y otra vez. Hasta el hartazgo. O hasta el delirio.
La grandeza de Racing no se discute. Nadie podría discutirla. Pero no es necesario proclamarlo los 365 días de cada año para que quede inscripto como un documento histórico. Denuncia debilidad revelar las grandezas propias con una perseverancia casi intransigente. Nadie es más grande porque lo repita frente a un auditorio durante la mañana, la tarde y la noche. Nadie es más grande porque muestre las credenciales a cada paso. Nadie es más grande porque quiera serlo.
La apología del racinguismo extremo y furioso en que ha caído la Academia, lo único que provocó fue galvanizar sus zonas más erróneas. Porque el espejo no devolvió plenitudes. No irradió fiestas auténticas. No promovió festejos sinceros por logros obtenidos. Hace muchos años, seguramente demasiados, Racing vive mirando otros amaneceres y otros crepúsculos.
Su hora no la va a construir poniendo siempre el grito en el cielo. Precisa cultivar la armonía. Dentro y fuera de la cancha. Y mirar bien por donde camina para no dejarse tentar por iluminados o salvadores. Porque si sigue pisando el jardín nunca van a crecer las flores.