A partir del fútbol que expresa la Selección y de las cumbres a las que suele arribar Messi, desde la simplificación se interpreta que Sabella construyó todo. En realidad, el técnico supo escuchar, acompañó iniciativas y administró algunas ideas que no le eran propias
Le llueven flores a Alejandro Sabella. Y no está mal que el técnico argentino reciba elogios por la marcha ascendente de la Selección nacional en las Eliminatorias. Claro, no está mal en la medida en que esas flores y elogios no confundan ni perturben al protagonista. Porque desde la simplificación que siempre brindan los resultados, hoy Sabella representaría la génesis de la sabiduría aplicada al fútbol.

Estos excesos oportunistas cargados de adjetivaciones grandilocuentes que van de la mano de los triunfos, no se los debe creer ni el propio Pachorra. Si se los cree -cosa muy improbable-, pierde el foco. Y el foco no es él: es el equipo que dirige.

A Sabella hay que reconocerle lo que es de Sabella. Y no la magia de Messi. Sería como encontrarle virtudes ocultas a Bilardo porque Maradona en México 86 hizo aquel golazo inmortal a Inglaterra o los dos a Bélgica. Messi trasciende a los entrenadores, como hicieron lo propio Maradona, Pelé, Cruyff, Di Stéfano y Garrincha, por citar a algunos notables que se escaparon de todos los análisis y de todos los libros.

Lo valioso de Sabella es que interpretó los deseos y las necesidades de Messi. Lo escuchó. No se puso por arriba de él. No sobreactuó de entrenador demasiado susceptible y territorial que ve fantasmas hasta en la casa. Y a partir de que lo escuchó en privado y en público, actuó en consecuencia en el armado ofensivo de la Selección.

Porque Messi pedía, sin imposiciones ni desplantes de ningún tipo, un compañero más en ataque, que en este caso es el Kun Agüero; el punta que sabe a la perfección entrar y salir de la maniobra ofensiva para asociarse, a máxima escala, con el mejor jugador del mundo.

Sabella no estaba convencido de sumarlo a Agüero como titular desde el arranque en todos los partidos. De hecho, había declarado hace dos meses que según los rivales, las circunstancias, la posibilidad de ser local o visitante, elegiría el sistema táctico y los intérpretes.

Pero cuando Messi habló y planteó lo suyo, Sabella aceptó el reto. Y supo complacer a Messi. ¿Otro entrenador hubiera hecho lo mismo o se hubiera emperrado en desconocer el pedido o reclamo de su jugador estrella? Lo cierto es que aquellas palabras certeras y necesarias de Messi, potenciaron el rumbo futbolístico de la Selección. Sabella no se sintió desplazado ni avasallado en su autoridad y todos salieron ganando.

Allí, en esa movida clave y decisiva, comenzó a diseñarse la idea que hoy alumbra y distingue a la Selección. Precisamente allí empezó a forjarse otro escenario. Y a definirse una línea de juego potente y desequilibrante que la Selección hasta ese momento no tenía. De adelante hacia atrás se está construyendo la Selección. Y de adelante hacia atrás fue encontrando un perfil que aún está en camino de perfeccionarse.

Sabella tomó la decisión de acompañar la evolución ofensiva del equipo. Y juntar a los que había que juntar, aunque su convicción sea otra: el ingreso de Sosa o Guiñazú como titulares para darle más recuperación y oxigeno al medio. Pero casi obligado a cambiar,  Sabella cambió.

Y buscó, sin grandes respuestas individuales, un nivel de cierta solvencia defensiva para bancar la apuesta global de la Selección , similar en un pizarrón imaginario a la de Argentina del Mundial 94 cuando Basile integró a Maradona, Balbo, Batistuta y Caniggia, respaldados por Redondo y Simeone.

En la medida en que la Selección maneje la pelota, los riesgos en el medio y en el fondo serán menores. A mayor posesión de pelota, menor exposición defensiva. Bajo este dogma irrefutable se protege el Barcelona. Y bajo estas señales todavía provisorias  pretende protegerse la Selección , aunque ante Chile, durante los primeros 25 minutos del partido, se vio desbordada. Y se metió muy atrás para defender los espacios, resignando la pelota.   

La idea de Argentina, en general y en particular, es ambiciosa. Messi, en pocas palabras, reveló inquietudes que van en esa dirección. Sabella, por el momento, adhiere al concepto de controlar la pelota para controlar el juego. Pero no parece muy convencido, como si lo asaltaran algunas contradicciones.    

Igual, el equipo está apareciendo. Con el técnico administrando los recursos con que cuenta. En especial, de la mitad de campo hacia atrás, donde falta jerarquía. De la mitad hacia adelante, en cambio, es la expresión del arte creativo. Messi, Agüero, Higuaín y Di María encarnan el desprecio por la rutina y el método y cultivan la búsqueda de lo inesperado. Nadie sabe lo que van a hacer. Quizás ni ellos lo saben. Pero lo más importante es que lo hacen. Con Messi atrapando las estrellas.    

Entonces volvemos al arranque: a Sabella lo que es de Sabella. Ni tanto ni tan poco.       

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