El Rojinegro fue preciso como un relojero y se llevó un triunfazo (2 a 0) de Liniers y le agregó más dolor de cabeza a un Vélez que quedó 24º en la tabla de los promedios. Sobre el final hubo una salva de silbidos para casi todos.

I mpacta verlo a Vélez ahí, en esa situación (hoy es el primer equipo que está eludiendo el descenso), observar a uno de los actores principales de los últimos 25 años del fútbol en esta particular circunstancia, a la que parece no poder adaptarse. Ayer cayó sin atenuantes ante un Patronato que lo superó en la tabla de promedios.

Claro que hay motivos como para explicar este presente. Ayer fue, por un lado, capaz de generar algunas situaciones, bien resueltas por los centrales y por el arquero Bertoli. Pero mostró deficiencias por todas las líneas, con jugadores atados, que varias veces dirigieron sus miradas hacia la figura del entrenador. Y hasta altura cabe preguntarse si entienden el mensaje de su técnico. La gente apoyó hasta el final pero después, despidió al equipo con sonoros silbidos de los cuales solamente permanecieron indemnes los casos de Poroto Cubero y Mauro Zárate.

Con las ausencias, por distintos motivos, de Cáseres y de Vargas -seguro que con sus retornos, previstos para la próxima fecha mejorará el sector central-, Heinze usó un sistema muy particular, con Jesús Méndez obligado a la tarea de recuperar en soledad y con Mauro Zárate muy retrasado, confinado a acercarle el balón a los delanteros.

No pareció tomar nota Vélez de la capacidad del equipo entrerriano para sacar las contras en velocidad. En diez minutos, lo hizo dos veces. Primero Mainero se dejó ganar el balón por ese tractor que fue Guzmán, que mandó un buscapié al cual Ribas no llegó a conectar. En el segundo, no perdonó: el volante inició la jugada y esta vez “Rocky” Balboa le dio la primera piña a Vélez.

Y el equipo de Heinze, que al minuto había tenido un chance, por intermedio de Bouzat, le costó crear oportunidades de gol y en el segundo tiempo, las agujas se clavaron como aguijones. Encontró algo de claridad con la entrada de Domínguez, pero una y otra vez chocó con la firmeza de Vera y compañía. La pelota que salvó Bértoli dos veces (ante Mainero y Cubero) fue una síntesis del desorden que tuvo Vélez. Pero la nueva contra, con Garrido fresco, que terminó el uruguayo Ribas convirtiendo en gol, fue el tiro de gracia para un Vélez complicado y aturdido.

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