Hacia el mediodía, contabilizando unas 40 capturas en la lancha y con un viento en aumento y un cielo que se encapotó y comenzó a chispear, decidimos hacer un alto. El guía nos llevó a la boca del arroyo Martínez, donde hay unas ruinas de una antigua casa abandonada. En este paisaje digno de un cuento, quebrando ramas de sauce, Lesik armó un fuego y presentó un pincho en tridente con algunas tiras de asado y chorizos, que quedaron a custodia de su ayudante Emanuel, mientras se asaban al calor de la llama. Volvimos a pescar pejes y volvimos al llamado del asado hecho. Por la tarde, la pesca siguió buena, ya que el intenso viento que se levantó mantuvo las aguas bien oxigenadas y activos a los pejes, muchos de los cuales pasaron los 40 cm. Luego la cosa se espació bastante. Finalmente, a eso de las 16, cuando se insinuaba un leve repunte en los piques, decidimos emprender el regreso.
La navegación por el arroyo La Tinta, maravillados con el rojizo color de los taxodium (árboles que arraigan fuerte manteniendo las costas para que el agua no se coma la barranca), fue un regalo extra para despedir una gran jornada de pesca, con un gran guía e inmejorable compañía. Viendo las fotos en el auto, en el regreso, comenzamos a transformar en hermosos recuerdos los gratos momentos vividos haciendo una excelente pesca en un pequeño y cercano paraíso: Villa Paranacito.