Desde el sábado, el ambiente futbolístico y aun trascendiendo al mismo, debate si Tevez tuvo o no mala intención en el momento de entrarle directamente a la pierna derecha del joven Ham. Opinaron y opinan hinchas, jugadores, periodistas, periodistas puestos en papel de hincha y otros, y la unanimidad que debiese existir, no existe. Porque es Tevez y no un futbolista de otro club (si no es grande y si es de otra categoría, mejor) el involucrado, el que pegó y rompió a un colega. Porque es difícil evadirse de la idiotez del apasionamiento enfermizo por una divisa o una figura popular si se trata de justificar o disculpar su accionar. Nadie salvo Tevez para sus adentros puede decir o afirmar que él sea un malintencionado. Pero es innegable que la acción fue de mala intención. De la suficiente carga de brutalidad como para que se diga eso. Se trate de Tevez, Messi, Maradona y Pelé en sus épocas (que las tuvieron y varias) o de cualquier otro futbolista de aquí y de allá. Y pocos repararon en enfocarse en el damnificado y su sufrimiento, extensivo a su familia, como pagando con ninguneo el haber sido víctima de un ídolo popular.