
El sistema impuesto durante décadas los empuja, pero ellos se unen para ayudarse entre sí, cooperar en el cultivo de sol a sol. El arroz que produce Haití conserva los nutrientes que la misma tierra le da. Pero a ese arroz no lo pueden vender al precio que deberían. El que ingresa por el puerto proveniente de Estados Unidos y subvencionado por el propio Estado obliga a despojarse de él porque no pueden competir. La pobreza, la falta de controles, el hambre, la enfermedad y la colaboración de la Organización de las Naciones Unidas para que inexplicablemente toda esa realidad se convierta en inevitable.
El documental "Kombit", del director Aníbal Garisto y que se presenta en el cine Gaumont (Av. Rivadavia 1635), muestra el vaciamiento que se produce en el mismo territorio en donde un terremoto derribó sueños y acabó con vidas en 2010.
Las Minustah, una misión de la ONU que se enmascara en el objetivo de otorgarle estabilidad y ayuda a la comunidad, son en realidad una militarización del Caribe que cuenta con el aval de varios países, entre ellos Argentina, para evitar protestas y el levantamiento de un pueblo que se encuentra preso de las arroceras estadounidenses. Salarios bajos (un dólar por día), familias separadas, el gobierno que no invierte en la agricultura y vidas en constante peligro producen las grandes empresas que ni siquiera pagan impuestos.
A su vez, los haitianos luchan contra el cólera, una enfermedad que se descubrió que fue producto de los cascos azules del sur de Asia que llegaron en 2010 para prestar sus servicios a causa del terremoto e impulsados por la propia ONU. Sin embargo, la entidad no desea hacerse cargo de las más de nueve mil muertes.