En tanto, la casilla del guarda del parque -quien brilla por su ausencia-
permanece en un extremo de la plaza, abandonada y pintarrajeada.
Esta ausencia -ocasionada quizá por una vieja rencilla instaurada hace años entre los guardaparques y el gobierno a raíz del pedido de los primeros de ser efectivizados en sus tareas y dejar de ser contratados como monotributistas- ha provocado que en los últimos meses, el predio haya sufrido grandes daños.
Algunos vecinos,
hartos de esperar a que el jefe de gobierno porteño se decida a inaugurar la obra, decidieron tomar el toro por las astas y quitaron los plásticos que recubren a los aparejos
implantados en el lugar para realizar ejercicios físicos.
Otro problema a la vista es la fragilidad de las medidas de seguridad tomadas para llevar a cabo la obra. En julio se quitaron algunas rejas para hacer pasar a las máquinas topadoras, las cuales permanecen aún amarradas con alambres, con lo que
la plaza queda abierta durante toda la noche y
a merced de grafiteros y jóvenes que se reúnen en el lugar a tomar bebidas alcohólicas, cuyos residuos -tanto materiales como fisiológicos- quedan esparcidos por un lugar que entre la mañana y la tarde recibe la visita de los más pequeños.