Lo singular de Ema es que a esa labor solidaria como parte de las Damas de Rosa, como se las dan en llamar, que en un principio empezó a realizar en el área de informes del Posadas, la tomó con la misma energía con que se desempeñó en los 38 años que trabajó primero en la fábrica Chrysler, en San Justo, y más tarde, en el laboratorio Lederle.
Pero hay una historia detrás. Su vínculo con el trabajo arranca cuando a los 9 años empezó a darle una mano a sus padres en la confitería que tenían en Haedo, donde los acompañó hasta que tuvo 17, poco antes de casarse con Mario.
"Para mí no se puede vivir sin trabajar", apuntó, para reseñar algunos momentos de su trayectoria en la actividad privada, donde trabajó embarazada de sus dos hijos hasta la semana previa a ambos partos.
La respuesta justa
Competente en lo suyo, su pase de la planta automotriz al laboratorio tuvo que ver con una respuesta más que atinada que le dio a un auditor externo de la empresa: 'dígame, señora, ¿cómo es posible que cuando controlo su trabajo no le encuentro ningún error?' indagó curioso el revisor. Ema contestó: "Es que cuando tengo una duda, tomo el teléfono y pregunto". La simple y precisa respuesta fue el pasaporte al ofrecimiento para un puesto vacante en el otro lugar, mucho mejor rentado.
Sin embargo y a la distancia, Ema se confiesa. "En realidad, creo que siempre quise ser voluntaria" afirmó, a la vez que considera que esta responsabilidad que cumple en el Posadas es un eslabón más en su vida a la que no duda de calificar como "hermosa".
En su realidad actual, asistir y colaborar con el paciente o el familiar que lo necesite implica una enorme satisfacción que gravita hasta en su vestuario porque, asegura, "el guardapolvo rosa es la prenda que mejor me queda".