12 de enero 2011 - 00:00
CARTA DE UNA MADRE (*)
Desde aquel 8 de enero que te fuiste, el tiempo ha perdido su medida para mí, de tal modo que la eternidad y el ayer conviven con tu recuerdo. Eternidad, porque es lo que siento que ha pasado desde entonces, a pesar de los muchos esfuerzos y pocos resultados, porque vives presente en cada momento de nuestras vidas. Han pasado 12 años, estarías por cumplir 32, y mientras van sucediendo cosas en la familia que te llenarían y nos llenarían de alegría poder compartirlas. En este momento vino tu hermano Ariel con su familia, de vacaciones. No te imaginás lo hermosos que son tus sobrinos Nataly y Nahuel. Germán (tu otro hermano, el chiquitín) ya cumplió 20 años. Sueña cambiar la historia y por eso estudia Ciencias Políticas en la universidad. Tu abuelo Domingo, con sus 84 años a cuestas, sigue viviendo cada día en su bicicleta y siempre encuentra la excusa para nombrarte. Antonio (tu “viejo”, como le decías) aún se le quiebra la voz cuando de ti se habla. Y yo, querido hijo, he tenido que dejar la comodidad de la casa para convertirme en una guerrera que lucha por esclarecer lo que te pasó. Hace 12 años te prometí que no me detendría hasta saber quién te separó de nosotros y hacer que la Justicia lo condene. Esa promesa está vigente y lo estará mientras viva, para que tu memoria permanezca presente en el corazón de quienes te queremos y en la conciencia de un despreciable. A ti te pido, querido Maxi, me sigas iluminando y dando fuerzas. Con el amor de siempre, tu mamá. (*) Por ROSA GARCIA