Paul Sigales tenía 19 años, trabajaba en una panificadora y mantenía un noviazgo con decenas de proyectos. Pero todo terminó para el chico el pasado 27 de febrero, cuando una patota de su localidad, Pablo Podestá, en Tres de Febrero, lo abordó para atacarlo. En ese marco, el joven recibió dos impactos de bala, que decretaron su muerte. A partir del dramático suceso, fue su propia madre quien salió a investigar para que la pesquisa avance. Y lo logró. Actualmente, hay dos menores detenidos acusados del brutal homicidio, y la mujer sigue peleando para que no los liberen. “No mataron a cualquiera. Di mi vida por mi hijo, vivía para él. No voy a parar y voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para tener justicia. Así nos manejamos en mi familia”, explicó Mabel, convertida desde aquel fatídico día en otra madre coraje. Ella misma contó que, en lugar de quedarse encerrada en su casa sufriendo en soledad por la injusticia, pidió una entrevista con Hugo Curto, intendente de Tres de Febrero, y visitó el despacho de varios concejales para que conocieran el caso de su hijo. Asimismo, recorrió las calles, habló con vecinos y empezó a “infiltrarse” en las redes sociales, para conocer de cerca los movimientos de la patota. La jornada del crimen, Paul recibió dos balazos, uno en el estómago y otro en la aorta. Murió segundos después, en los brazos de su novia Romina, que hablaba por teléfono con su suegra cuando oyó que al muchacho lo estaban atacando en la vereda de su casa de Pablo Podestá. Ambas casas estaban ubicadas a una distancia de dos cuadras. “Era domingo y había comido con nosotros. Me pidió plata y salió contento porque a la noche iba a ir a una fiesta. Fue para el kiosco de la novia, que está a 200 metros de casa. Pasaron 15 minutos y sonó el teléfono. Era Romina y me dijo: ‘Mabel, algo pasa con Paul’. Ahí escuché los tiros. Le grité a mi marido y salimos corriendo para allá”, recuerda la madre de la víctima. Mabel relató que Paul era su único hijo varón, y que desde los 16 años trabajaba en una panificadora de su padre. “Cuando Paul dejó el colegio secundario -cuenta la mujer- mi esposo puso el negocio para que hiciera algo. Era muy trabajador, recorría el Conurbano en camioneta para vender y los fines de semana le gustaba ir a bailar a fiestas electrónicas”.