"Para llegar a esta edad muy bien el factor principal es no enojarse. El golf transmite muchas sensaciones lindas y ayuda a relajarse, entonces, por más que uno pueda tener bronca por algo por un rato, después se te va. Me llevo muy bien con todos mis vecinos, y nunca fui de pelearme con nadie, ni de guardar rencor ni nada, cuando me equivoco, lo admito, esa es la mejor manera de sobrellevar la vida", sostuvo.
Reconocido por ganar el Abierto Británico en 1967, tiene orígenes muy humildes: creció en una familia numerosa y no les sobraba nada. "Mi papá quería que trabajara en una fábrica o fuera maquinista, entonces yo hacía lo que podía porque había que llevar el pan a casa. Nos preparaban puchero con dos o tres papas y esa era nuestra comida. No era fácil para mis padres mantenernos, entonces tuvimos que traer plata a casa, y el golf a su tiempo me permitió ayudar a mi familia", se sinceró.
Pasión
Cuando era chico, comenzó su pasión por el golf cuando iba a ver a la gente jugar en un club cercano a su casa. Hasta que se animó a pegarle a la pelotita que él mismo se había hecho: "Mi papá me había preparado como un palito de hierro y yo me había armado un corchito con clavitos y esa era la pelotita. Practicaba por mi cuenta hasta que empecé en serio en un club cerca de casa. A los 17 llegué a Ranelagh".
Justamente por aquella época comenzó el Caballero del Golf a construir el logro más importante de su vida, que está por encima de los casi 200 torneos que ganó a nivel nacional e internacional: su familia. "Conocí a mi esposa Delia cuando llegué a Ranelagh. Sus padres eran caseros en la vivienda que está al lado de lo que la institución era en su momento, un gran terreno con bastante oscuridad de noche pero muy bonito de día. Nos volvimos inseparables, nos casamos, tuvimos dos hijos, Roberto y Eduardo, nietos y ahora bisnietos. Llevamos más de 65 años juntos y lo mejor que nos pasó fue el entendernos mutuamente, sobre todo cuando ella tenía que viajar mucho para acompañarme, en vuelos de tres días", señaló De Vicenzo.
Su otro amor es el golf. Y, según el ex deportista, quien supo dar clínicas en el municipio de Berazategui hasta hace una década, destacó que esa especialidad puede ayudar a la gente a relajarse e incluso a otros atletas. "Caminar 10 kilómetros para hacer todos los hoyos durante 5 horas ayuda muchísimo a despejar la cabeza. Uno no se puede enojar con nadie de esa manera. El golf no genera roces, ni enemistad ni nada de eso. Fomenta el respeto, y la paciencia sobre todo, porque el ya estar rodeado de la naturaleza sirve para poner la mente en el juego y no pensar en nada más", reveló.
Recuerdos
Uno de los recuerdos más recurrentes fue la ventana al mundo que le significó la aplicación de su don de gente durante la definición del Masters de Augusta de 1968, en la que no pudo consagrarse por admitir el error al firmar su tarjeta: "Había convalidado un golpe de más en el hoyo 17 con una mala anotación de Tommy Aaron. Reconocí que me equivoqué y no me arrepiento de haber tenido esa actitud honesta. Si la hubiera pasado de largo o hubiera hecho trampa iba a quedar mal para siempre, por eso con la honestidad se me abrieron puertas y gané mucho más reconocimiento a nivel internacional, además de respeto. Los reglamentos se hicieron para ser aceptados y respetados".