El problema aparece cuando la comida se vuelve el vehículo para canalizar emociones. Según los especialistas, cuando nuestras emociones son positivas estamos mejor predispuestos en realizar y sostener una alimentación saludable, más sana, más nutritiva y más equilibrada. Pero cuando los sentimientos son negativos aparece una inclinación hacia las comidas menos saludables, a las harinas y azúcares refinados.
Es como si quisiéramos compensar las emociones negativas con el placer inmediato y fugaz que provoca la comida, sentir aquellas emociones positivas que añoramos. El problema aparece cuando esta situación, o este reemplazo se prolonga en el tiempo, cuando, de algún modo, se va de control. No es el típico "me doy un gustito", es una asociación mental entre ciertos alimentos
y la sensación placentera inmediata posterior. Repetido en el tiempo, cuando es un hábito, es una trampa.
Puede ocasionar problemas graves de alimentación, obesidad y las consecuencias lógicas de respuesta del organismo. En definitiva, no produce placer, por el contrario, terminamos sumando más malestar al que ya teníamos al empezar a comer.
Sí, es un problema de adicción, y como tal, lo mejor será buscar ayuda profesional. De todos modos, es bueno poder identificar el malestar que nos está llevando a no poder parar. Si logramos esto, sería muy bueno realizar un relevamiento diario en el que podamos ver en qué
momentos del día o a partir de qué situaciones se disparan estas comilonas emocionales. Una vez identificado el problema será más fácil controlarlas.
La información respecto de los factores emocionales que influyen en nuestra alimentación es muy útil para comprender la importancia de identificar problemas e intentar controlarlos, en la medida de lo posible, y de buscar la ayuda pertinente.