Ponerse en el lugar del otro, es un rol importante en esta instancia, pero requiere de un esfuerzo. Al explicar las razones, esos puntos de vistas pueden comprenderse sin imponerse y aliviar la sensación de malestar. Detectar puntos en común o acuerdos, posibles flexibilizaciones son un muy buen inicio y da lugar al pedido de colaboración.
Llegados a este punto, la creatividad de las partes puede aportar soluciones alternativas. El problema entre padres e hijos es un conflicto de poder. Muchas veces los padres queremos que los hijos hagan algo y punto, sin escuchar sus razones, sin ver que a veces, no pasa nada si los dejamos hacer a su manera.
Esto también es una forma de evitar conflictos menores, plantear alternativas es un punto a favor. Estamos acostumbrados a ver las situaciones en dos polos: blancas o negras. Esta dicotomía es engañosa y muchas veces nos empuja a la inflexibilidad y a profundizar la falta de diálogo y el conflicto. Es la manera más segura de que no sepamos nada de nuestros hijos con el riesgo que eso implica. Escuchar las razones de los chicos con menta abierta puede enseñarnos mucho, sobre nosotros mismos, y fundamentalmente sobre ellos.
Después de todo, la educación y crianza son un enfrentamiento de intereses, todo lo contrario. Lo importante es tener en cuenta que a resolver conflictos se puede aprender, independientemente de la edad que tengamos, y ese aprendizaje también será parte de la enseñanza que podemos brindar a nuestros hijos.