Durante los nueve meses, la tensión arterial máxima (o presión sistólica) no debe sobrepasar los 140 mmHg (milímetros de mercurio) y la mínima (o diastólica) no debe superar los 90 mmHg. En términos coloquiales, esto sería 14/9. Encontrarse por encima de estos valores se considera anormal en cualquier etapa del embarazo.
Si bien son múltiples y conocidos los factores que alteran la tensión normal, aún hay muchos otros que se desconocen. En la mujer embarazada, las células que formarán la placenta en cierta forma “invaden” determinadas arterias del útero que irrigan sangre, modificando sus estructuras. Esto, sumado a los cambios hormonales, la función de los riñones y de otros órganos, provoca una disminución en la presión arterial durante el primer trimestre, que se mantiene y puede acentuarse durante el segundo trimestre y se estabiliza en los valores normales previos al embarazo durante la segunda mitad del tercer trimestre.