De esta manera, una persona con varicela puede transmitir la enfermedad desde 1 a 2 días antes de que le brote el sarpullido hasta que todas las ampollas hayan formado costras. Las fuentes de contagio más habituales son las secreciones orofaringeas, que se propagan cuando una persona tose o estornuda, y el aspirar o tocar las partículas provenientes de las ampollas.
Se estima que una persona puede presentar entre 250 a 500 ampollas. Adicionalmente, pueden manifestarse otros síntomas tales como fiebre elevada y pérdida del apetito.
Las complicaciones más severas son la infección de la piel y de los tejidos blandos, pero pueden presentarse neumonía, encefalitis y artritis. Los niños menores de 1 año, mayores de 15 años, embarazadas susceptibles, recién nacido, hijo de madre con varicela al momento del parto y pacientes inmunocomprometidos representan los principales grupos de riesgo.
En líneas generales, el tratamiento para la varicela es de sostén, ya que consiste en bajar la temperatura y aportar mucho líquido. Asimismo, es fundamental mantener la higiene para ayudar a aliviar los síntomas y prevenir infecciones de la piel por lo que se sugiere tener las uñas cortas, realizar un baño diario y evitar el uso de talco antipruriginosos sobre las vesículas.