Para casi todos los pueblos de la antigüedad, el vino tenía un origen divino. Posiblemente, esta relación con la divinidad estuviera dada porque al fermentarse solo, vieran en ello un atisbo mágico, digno de los dioses. Esta concepción sobre el origen del vino como algo milagroso le ha permitido unirse, irremediablemente, con las creencias, con la mitología, con las religiones desde épocas remotas.
El desarrollo de la vinicultura inicia casi junto con los comienzos de aquellos seres del origen que, al volverse sedentarios, dan inicio a la agricultura con diferentes cultivos, entre ellos la vid. La historia da cuenta de que las bebidas fermentadas se han utilizado en actos rituales religiosos desde tiempos inmemoriales. Parece que en el principio facilitó los primeros contactos del hombre con los dioses. Gracias al estado alterado provocado por estas bebidas, cierta embriaguez, les brindaba un estado de éxtasis impreciso, que los acercó a la sensación de una presencia superior. Chamanes y hechiceros velaban por estos acercamientos. Sacrificios, celebraciones e incluso el culto a los muertos eran coronados por el vino.
Después de este contacto con la divinidad, el hombre comenzó a pensar que el vino, entonces, era un regalo de los dioses. En el antiguo Egipto se creía que el proceso de elaboración del vino había sido dado por Osiris. Para el 2700 a.C., los sumerios tenían una diosa llamada Gestín, que parece quiere decir “madre cepa”. En Fenicia, una tabla escrita nos cuenta que de ofrendas se trataba al partir el pan y derramar vino frente a un altar.
Los griegos tenían un dios para cada cosa, eran politeístas, y Dioniso era el dios de la fecundidad y del vino. Las fiestas en honor a este dios se llamaban dionisíacas y eran celebraciones en las que las cantidades de vino favorecían todas las desinhibiciones de los participantes.
Algo similar ocurriría luego en el Imperio Romano, en las bacanales, como veremos más adelante. Entonces, para los griegos, el vino era un regalo de Dioniso y difundieron la unión entre el vino y las religiones por su vasto mundo conquistado. La vid y el vino comienzan a verse como sagrados, ya que era un regalo de los dioses, y se convierten, por lo tanto, en ofrendas. Las libaciones eran un gesto habitual: derramar al aire o ante un altar un poquito de la bebida que se tiene en la copa mientras se nombraba al dios al que iba ofrecido: “Por Zeus” (en la actualidad, en el Norte argentino, se realizan libaciones a diario en honor a la Pachamama).