El cantor de tangos Jorge Vidal, falleció ayer en esta capital, a la edad de 86 años. Nacido en Capital Federal el 12 de agosto de 1924 comenzó su carrera artística en la orquesta de Osvaldo Pugliese en 1948, y permaneció en ella hasta el año 1951. Grabó entre otros tangos Puente Alsina, Ventanita de Arrabal, Vieja Recova, a los que puso su impronta personal y lo catapultaron a la fama. Luego decidió probar suerte como solista y tuvo gran éxito. Grabó gran cantidad de discos, entre los que se recuerdan piezas como El Conventillo Cuaranta de Eduardo Marvezzi, Callejón de Marco y Grela, y Qué Sapa Señor de Enrique Santos Discépolo. En uno de sus últimos reportajes, concedidos al periodista Néstor Pinsón, el popular intérprete contó: “Desde joven tuve clara mi posición ante la vida, en lo social y en lo político, y tuve mucha suerte, Dios siempre estuvo a mi lado. Hubo muchas amarguras, propio de los hombres, pero las fui relegando a un rincón”. Jorge Vidal nació en el porteño barrio de Caballito, en la calle Méndez de Andes al 700, y fue el cuarto hijo, y único varón, después de tres hermanas. Sobre sus comienzos en el arte de cantar, Vidal recordaba que “el canto fue algo natural desde chico, aprendía escuchando la radio. Mamá me envió a estudiar solfeo y guitarra y también canto con el maestro Deferrari. Un aprendizaje breve que después me fue de gran utilidad”. Antes de ingresar a la Escuela Naval, Vidal cantaba en algunos cafés de Buenos Aires “donde no nos echaran”, y sus breves espectáculos eran “a la gorra”.
Su primer disco
Ya entrado en los años 40 Vidal graba su primer disco en el sello Grafoson, junto al guitarrista Jaime Vila, y ese fue el comienzo como cantor de tangos. Si embargo, su voz y su estilo se harían conocidos después de una presentación en el Café La Paz de Barrancas de Belgrano. Allí, los días lunes se presentaban nuevos valores y lo aceptaron. Para 1949 ya se presenta en el Café Argentino, en el barrio de la Chacarita, las presentaciones de Vidal atraían al público, y era costumbre ya ver repleto el local y cantando sin micrófono. El propio Vidal contó que “algunas noches yo no tenía dónde apoliyar, entonces cuando se iba el público, mientras limpiaban y ordenaban para la noche siguiente, con el saco doblado prolijito por almohada, subido a la mesa de billar, me dormía unas tres horitas. Una madrugada me golpean despacito un hombro y, cuando abro los ojos un tipo me dice: ‘Yo soy Osvaldo Pugliese’. Sí maestro, lo conozco, ya había saltado al piso y me acomodaba el pelo, el saco... ‘¿Quiere cantar conmigo?’ No joda maestro, le respondí. ‘No, venga mañana al cine Atlántico que le tengo preparadas unas orquestaciones’. Mira vos qué tipo humilde, un personaje como él con semejante actitud”. En 1951 se aleja de la orquesta de Pugliese y con Jaime Vila a la cabeza se presenta en La Armonía, y desde allí saltó al sello Pampa, y luego a Odeón y desde ese momento forjó una carrera artística que también incluyó el cine con el film El Tango en París junto a Enrique Serrano, Julia Sandoval y Olinda Bozán y dirigida por Arturo Mon. En 1960 fue empresario en el Astral, a medias con Gallo y sólo para la temporada de verano. Puso en escena el sainete de Vaccarezza Juancito de la Ribera, con Nelly Panizza, Augusto Codecá, Juan Carlos Palma, las guitarras de Canet, bailarines, 40 personas en escena y además, un lujo, Luis Sandrini a cargo de la puesta en escena. Actuó en Norteamérica en el Carnegie Hall, en Centroamérica y realizó muchas giras. Ya por su cuenta, de puro gusto, y con sus condiciones vocales mermadas, siguió grabando, hasta bien entrada la década del noventa.