El caso tomó mayor trascendencia cuando se supo que en el homicidio de Sosa, de 33 años, estuvieron involucrados el suboficial Ramón Aníbal Olivera y dos de sus hijos, Roque y David, también efectivos de la Policía bonaerense, quienes argumentaron que la víctima habría pretendido asaltarlos, aunque luego, durante un juicio oral y público, se comprobó que sucedió lo contrario y que el final del joven fue producto de un típico caso de gatillo fácil. Además, una vez que el principal imputado fue condenado a 18 años de prisión, recién en el 2004, al momento de conocerse el veredicto se fugó durante cuatro años y al ser capturado, apenas pasó unos pocos meses en la cárcel, ya que fue beneficiado con el arresto domiciliario por su edad e inconvenientes de salud.