Ahora, los vecinos se prestan tímidamente a la conversación con los enviados de Télam, aunque todavía no salen del estupor por la instalación de kioscos de venta de droga, las balaceras, el patrullaje cada vez mas desembozado de los soldados narco y la connivencia policial.
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Ferreyra denunció ante la justicia federal en San Nicolás, provincia de Buenos Aires, al titular de la comisaría Subsegunda, de apellido Mendoza, "por su relación con el bunker de venta de estupefacientes del barrio Nuevo Alberdi", y de ser "responsable intelectual de las amenazas a
Ferreyra, cuya primera declaración ante una sumariante de la Sub Ada -realizada unas horas antes- fue reproducida con precisión por quienes lo encañonaron con un arma en la cabeza el viernes a la noche".
El jueves 10 de enero, a la hora de la siesta, soldados de "los Romero" se enfrentaron a la infantería de "la Gorda", una vecina que desde hace un año, y contra todos los pronósticos, se puso a vender droga.
Tras esa escaramuza, que no dejó heridos ni detenidos pese a que los vecinos llamaron al 911 y acudió la policía, la banda de los Romero regresó a las tres horas y comenzó otra balacera, pero esta vez sí corrió sangre y no de los soldados, sino de los tres militantes del Movimiento Evita.
Sobre el pavimento de la calle Somoza, a metros del cruce con Luzuriaga, en un barrio de trabajadores que construyen sus viviendas los fines de semana y donde se pasean caballos y familias de gansos, cayó dentro de la zanja muy mal herido, Gastón, tras recibir un balazo en el cuello que le rompió la carótida y salió por un pómulo.
Junto a él estaban Ferreyra y uno de sus hijos, Carlos, a quien la ráfaga de balas le dio en la cintura y en un brazo. A menos de 50 metros, otro hijo, Ariel, también había sido baleado minutos antes en las rodillas.
Después de eso se desató el infierno, porque salió el barrio completo a destruir el "bunker" de la Gorda, el mismo que pocas horas antes era custodiado por menores que con armas de guerra en la mano impedían el paso.
Ahora todo parece calmo. Manuel, vecino inmediato del ex bunker, cuenta a Télam mientras carga arena en una carretilla, que su esperanza es "que no vuelvan más a vender droga acá. No podíamos estar frente a nuestra propia casa, esto era una avenida por la cantidad de gente que venía a comprar". Su mujer cose sentada en el patio delantero de la humilde vivienda y cada tanto levanta la vista. No interviene para nada en la conversación.
Otro joven integrante del Evita, sin camisa ni remera, pide reserva de su nombre y asegura, todavía exaltado, que "si vuelven a poner un bunker se lo vamos a tumbar".
Habla muy rápido y mira fijamente a los ojos "si vuelven los transeros los sacamos de vuelta. Nos ponemos de acuerdo los vecinos, le quemamos la casa y se termina todo. No queremos que vuelvan a arruinarnos la vida".