El dinosaurio que dejó descendencia en esta Era entre la familia de los
zorros –ese que habitó en las estepas de Iojansberg-, acordó parsimoniosamente que el tercer piso sagrado no sea pisado por los cagatintas y después de proponerles la redacción de una carta para que la próxima gestión escuche los reclamos, llamó detrás de una puerta al grandanés para que los corra de la zona de exclusión recientemente acordada. Una bajeza habitual, ya puesta en práctica en el predio de Ezeiza en la previa de alguna de las últimas bochornosas asambleas.
Después está el velocirraptor barbado. Ágil y conocedor de cada rincón, desde su madriguera opera como un actor más del mundo antiguo. Un templario más de la orden de Don Julio. Lo único que lo atemoriza del presente, es el avance de los escribas por los recintos prohibidos y la amenaza inminente de que lleguen al corazón del comité, solamente prohibido para ellos porque hasta secretarias, ordenanzas y otros empleados –y hasta dinosaurios herbívoros, de los buenos-, escuchan los pormenores de
reuniones de cotillón, donde ya todo está arreglado de antemano. En ese mundo los empates 38-38 o los 29 miembros de comité disfrazados de 33 para convocar a asamblea, solo es posible con los dinosaurios como le gustan a Susana Giménez.
Vivos.