Yngwie Malmsteen volvió a la Argentina y como de costumbre, brindó una noche bárbara. Repleta de música, jerarquía, virtuosismo y malabarismo sobre el diapasón.
Una velada realmente hermosa, inolvidable para los oídos de los que aman las 6 cuerdas. Con su bellísima Strato Signature blanquita y ese paredón enorme de equipos Marshall, el gran guitarrista sueco hizo estallar el Teatro Flores. Fue un show corto, corto (algo más de hora y media); pero
el Gordo tocó sus clásicos, covers de Sebastian Bach y Niccolo Paganini, temas de su último disco "Spellbound"; se calentó con los sonidistas, y en el final, hasta rompió una de sus Fender de tanto tirarla al suelo. Otra visita memorable del maratonista de los trastes...
Ya entrar al Flores, y ver ese escenario repleto de cabezales y cajas Marshall fue imponente. Y ojo, el paredón de equipos de Yngwie no estaban de vista, de escenografía, de facha. ¡No! Nada de eso. El Gordo los tenía a todos con las válvulas prendidas fuego, estalladas al mango, listo para hacerlos detonar. Y cuando lanzó el primer acorde de "Rising force", el Flores se vino abajo. Lo que sonó esa Strato, uh, no tiene nombre...Terrible ¡bestial! Y ahí, el sueco empezó a desplegar todo su arsenal técnica y virtuosismo. A dar cátedra de cómo utilizar en su máxima expresión la escala menor armónica.