Parecen inevitables las preguntas para aproximarse al Boca-River decisivo de este miércoles en Mendoza. Pero las preguntas no van a encontrar ninguna respuesta valiosa. La propia naturaleza del fútbol no las permite, como no las permitió nunca. Que River llegue agarrado con alfileres y que a Boca le estén cerrando los números en el campeonato, ¿qué significa? Nada en particular. Esta es la única certeza.

¿Quién llega mejor al Superclásico de este miércoles en Mendoza? ¿Quién llega peor? ¿Quién pierde más si no gana? ¿Quién pierde menos si cae? ¿Quiénes son los que entienden e interpretan como se juegan esta clase de partidos decisivos? ¿Quiénes se borran en la urgencia superados por la dimensión incierta del contexto? ¿Quién es rehén del miedo? ¿Quién saca chapa de peso pesado en la adversidad y se impone a todas las circunstancias e imponderables que el fútbol nunca deja de regalar?

Las preguntas o los interrogantes se cruzan, se encuentran, se estrellan y se multiplican en los desafíos a todo o nada. Pero son papelitos inservibles que se lleva el viento. Y son piezas móviles de un cotillón que nunca define lo esencial. ¿Qué es lo esencial? La idea de cada equipo. La convicción de cada equipo. Y por supuesto el juego. Porque sin juego hay solo lucha. Y mediocridad.

Ni Boca ni River son confiables. No garantizan algo en particular. Si garantizan algo en especial se enfoca en la rutina de la incertidumbre. Entonces dependen de las inspiraciones individuales que algunos puedan expresar. Porque funcionamiento no tienen, aunque Boca sea un cómodo puntero del campeonato a ocho fechas del cierre. No importa. Esos son números que no necesariamente reflejan estupendos contenidos. El buen funcionamiento todavía lo adeuda, aunque Guillermo Barros entienda lo contrario. Sigue siendo el equipo una caja de sorpresas. Hoy un pequeño juramento, mañana una pequeña traición. Por ahí transita, aunque en la tabla de posiciones resulte imparable.

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Observando a River queda flotando en la superficie que la dinámica decadente que lo envuelve es muy potente. Hace ya demasiado tiempo que está agarrado con alfileres. Y a veces hasta le faltan los alfileres. Marcelo Gallardo saca, pone, experimenta, prueba y parece dominarlo un aura de desconcierto cuando River no encuentra el juego y menos aún los resultados. Ese matrimonio de juego y buenos resultados es el tren fantasma que viene persiguiendo a River con una perseverancia notable. Y el equipo continúa a la deriva.

Pero el fútbol, el de antes y el de ahora, siempre mantiene las puertas abiertas. Porque siempre se permite la aventura irrepetible. La del partido que no estaba escrito en ningún lado. La del jugador que aparece y rompe todo y se cree la película del super crack que no termina siendo. Pero que en ese instante, en ese partido (como `por ejemplo lo fue Carlos María García Cambón en su debut en Boca el 3 de febrero de 1974, marcándole 4 goles a River en La Bombonera) termina construyendo lo que nunca construyó.

Este Boca-River por la Supercopa Argentina va a tener lo que siempre tuvo y muy pocos reconocen porque el fútbol se empeña una y miles y miles de veces en burlarse de las teorías, de los sistemas, de los laboratorios y de otras banalidades que viajan en esa dirección: nadie sabe nada hasta que el hecho se produce.

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Que River llegue mal herido, que a Boca le cierren mucho mejor los números que a su rival, que Gallardo no sepa que bondi tomar, que los Barros Schelotto desaten a veces un paquete de nervios frente a cada árbitro y que tanto el Muñeco como los Mellizos parezcan en muchísimas oportunidades hijos de la lágrima que lloran por los rincones, son eslabones insignificantes. Igual que la táctica. Insignificante, más allá de sus adoradores.

El verdadero fundamento del fútbol nunca estuvo en los bancos. Estuvo en la cancha. Y Boca-River no va a ser la excepción.

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