"Los dirigentes se creen que son los dueños del fútbol y los auténticos dueños del fútbol son los jugadores", afirmó hace unos días el preparador físico Fernando Signorini. Se refería a la organización de los calendarios y a la alta frecuencia de los partidos. Los dirigentes a los que hacía referencia Signorini pertenecen al núcleo existencial de la FIFA. Son la cara visible del capitalismo más salvaje. Los jugadores, según esa mirada corporativa, son mercancía a la que se debe explotar hasta las últimas consecuencias.
Messi no está afuera de esa dinámica. Por el contrario, es una parte sustancial del gigantesco negocio (sponsors, televisión, publicidad, eventos) a escala planetaria. Más tarde o más temprano algún ruido, no deseado, iba a escucharse. El juguete más atractivo del mundo futbolístico comenzó a sentir el rigor de la competencia sin pausas. Y cayó herido, víctima del show que siempre debe continuar, según las reglas no escritas que manejan e imponen los hombres del negocio globalizado
Es verdad, Messi siempre quiso seguir jugando. Aquí, allá, en todos lados. Dicen los que lo frecuentan, que vive entregado de cuerpo y alma al fútbol. Que su espíritu enormemente competitivo lo aleja de cualquier sugerencia o recomendación que postergue su vínculo diario con la magia de una pelota. Y debe ser cierto.
Pero ahora está en riesgo su físico y su fútbol. Como todos, es vulnerable. Lo había anticipado Signorini en los últimos meses: "Hace años que viene jugando demasiados partidos. Así será un milagro que llegue bien al Mundial de Brasil".
En la recta final a Brasil 2014, Messi frenó su carrera. No tenía otra alternativa. Los excesos de la competencia le bajaron las defensas. Hoy, poner el grito en el cielo, parece estéril. Está pagando Messi su pulsión por jugar siempre. Y no pagan nada todos aquellos que lo empujaron a jugar siempre en nombre de las obligaciones, los contratos y las cifras.