La voluntad explícita de Milito estaba depositada en armar el equipo que ni antes en Estudiantes ni después en Independiente logró armar, Es lo más fácil a esta altura sostener que no tenía los jugadores adecuados para llevar adelante su plan de acción. Y es además frecuente escuchar en privado a los técnicos denostar a los jugadores porque no devolvían en fútbol lo que se les pedía en palabras. El lugar común al que adhieren los técnicos en estos episodios negativos suele resumirse en una expresión reconvertida en pregunta y queja que denuncia hasta cierto resentimiento y vulgaridad: "¿Y qué quieren que haga con estos troncos que no entienden nada?"
No estamos planteando que Milito haya formulado en algún momento esa respuesta exculpatoria. Pero los entrenadores más jóvenes o más veteranos la tienen a mano para transferir responsabilidades, que no siempre son exclusivamente ajenas. También son propias.
En esos días de pretemporada ya se advertían las serias dificultades que encontraba Milito para influir en el plantel. Esa convicción y empatía indispensable para generar un vínculo fuerte e indestructible entre la idea y los protagonistas nunca se consolidó. Los jugadores hacían los deberes. Se prestaban la pelota en toques intrascendentes. Y si iban a presionar arriba como pretendía Milito en el arranque de su gestión, delataban que iban casi por compromiso sin la energía, la agresividad y la determinación suficiente. No creían. No estaban convencidos. Porque nadie los había convencido. Este déficit fue letal. Y Milito no parece haberlo contemplado hasta su naufragio que no fue ante Banfield, sino en la paliza que le propinó Racing.
En julio, antes de empezar la función oficial, Independiente daba la impresión durante sus ensayos (algunos pudieron observarse) de ser un equipo desamparado. Sin rumbo. Subordinado a un libreto que le quitaba frescura y atrevimiento. Eso es, precisamente, hacer los deberes. No involucrarse. No arriesgar. No tomar decisiones. Tener miedo al error. Tener miedo al reemplazo. Y buscar asegurar la pelota en función de ese miedo que derrumba cualquier proyecto. La realidad posterior indicó que Milito terminó inhibiendo a los jugadores. Aunque él en público comentara lo contrario. Es cierto, si hubiera contado con Bochini no lo iba a inhibir, pero Bochini se retiró el 5 de mayo de 1991, en aquel partido frente a Estudiantes cuando Erbín de una patada lo sacó de la cancha en camilla.
Fue y volvió Milito con sus apuntes de fútbol, más allá de sus pésimas sugerencias para incorporar jugadores irrelevantes, incluso Meza. Fue y volvió con la idea que nunca pudo aplicar, salvo en un primer tiempo ante un Central sin piernas en Rosario. Fue y volvió denunciando dogmatismo para interpretar el juego y luego cuando se vino la noche bancando los pelotazos frontales que despachaba el equipo, mostrando que el derrumbe estaba muy próximo.
Tanta inconsistencia se paga. Independiente la pagó defraudando por completo la expectativa inicial. Como afirmamos al comienzo, Gabriel Milito podrá ser en el futuro un buen entrenador. O muy bueno. Pero por estos días demostró que no lo es. Las pruebas irrefutables las reveló el equipo en los 19 partidos.