En una atmósfera colmada de incertidumbres que ponen en duda las realidades del presente y las postales del futuro, el ex volante de la Selección nacional y actual jugador de Estudiantes dice que el coronavirus nos interpela a todos, sumando muchísimas más preguntas que respuestas  

Javier Mascherano duda. Como dudamos todos, sin excepciones. El COVID-19 no le abre la puerta a ninguna certeza. Todo, absolutamente todo, está por verse.

El ex volante de la Selección afirmó que no sabe lo que va a suceder con su carrera de futbolista: “Hoy no me planteo nada, porque no sé que va a pasar. No sé que tan fácil o difícil será volver a jugar después de tres o cuatro meses de inactividad. El coronavirus me pondrá a prueba. Pero no solo a mí. A todos”, contó hace unos días en una entrevista con Cielosports.

Y agregó en tono de confidencia existencial: “Esta es una enfermedad que no distingue personalidades. Y que nos hace ver lo insignificantes que somos en el mundo. En esta situación todo pasa a ser relativo”.

Las palabras de Mascherano denuncian una incertidumbre sin punto de llegada. Incertidumbre que por supuesto trasciende los límites específicos del fútbol. No sabe que va a pasar. No sabe que va a hacer. No sabe como será volver a jugar después de un parate muy prolongado.

Esos interrogantes y esas preguntas sin respuestas efectivas, siempre caminan al lado de cada uno. Algunos la naturalizan. Otros la cargan en la mochila hasta el final.

El mundo del fútbol, como tantos otros mundos, está azotado por una gran variedad de inseguridades. Hasta los que en privado y en público parecen revelar una seguridad infinita, esconden capas más gruesas o más finas de inseguridades que los protagonistas niegan. Y aquellos pocos que no lo niegan, quizás son vistos en perspectiva como tipos que en algunas circunstancias acusaron y acusan debilidades. Falso de toda falsedad. Son tipos reales. De carne y hueso. Con valentías. Y con temores. Con grandezas. Y con claudicaciones. Nadie se salva. Nadie está exento. Nadie logra configurarse como un héroe de las pantallas digitales a tiempo completo.

Mascherano advierte que después del diluvio universal provocado por el coronavirus, él no tiene definido cual podría ser su aporte al fútbol. Percibe que con 35 años y tantas semanas de inactividad, más las que se van a seguir acumulando, sus posibilidades de reencontrarse con el jugador vital, dinámico, combativo y pujante que siempre fue, es un desafío de altísima complejidad.

No se equivoca. Tampoco se equivoca cuando interpreta que el juego del fútbol no se reemplaza con distintas sesiones de entrenamiento (en una casa más grande o más chica) monitoreadas a la distancia. Esa especie de rutina virtual que permite no resignar una condición atlética adquirida no deja de ser en realidad un placebo para tranquilizar ansiedades y angustias.

El fútbol no admite para su realización otros contenidos que no sean el fútbol mismo. Todo lo otro (la preparación sofisticada que promueven los tecnócratas de turno, los sistemas de entrenamiento, los métodos para ganar lo que no se tiene), no es lo esencial.

Lo esencial continúa siendo la inteligencia práctica para entender y desarrollar el juego. Lo esencial es el talento deportivo para interpretar y ejecutar.

No si Mascherano la rompe en un gimnasio. No si tiene más resistencia que un pibe de 20 años. No si da más vueltas a la cancha que un compañero del plantel. Estas fortalezas no le van a acercar a Mascherano virtudes determinantes.

No jugó 4 mundiales, ni 5 Copas América, ni 11 años en Europa porque corría sin parar. Jugó y se destacó (incluso en ese Barcelona majestuoso que dirigió Pep Guardiola) porque corría sabiendo muy bien por qué y para qué corría.

Claro que hoy duda. Igual que cualquiera. Es un signo inevitable de estos tiempos inciertos. Aunque la sabiduría del fútbol suele despejar lo que hoy parece que estuviera clausurado.

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