Para la ocasión, Sabella pudo respirar tranquilo. El equipo respondió. Porque aunque Messi no haya estado en la cancha, sus duendes no dan tregua. Y las comparaciones, mucho menos. Este era el desafío. Más grande o más pequeño. Pero un desafío al fin. La Selección ante un rival en proceso de experimentación futbolística como Italia, funcionó sin dejar al descubierto zonas oscuras. Aprobó. Sin grandes luces, sin grandes sombras.
¿Qué le quedó a Sabella, más allá del sabor del triunfo y de un grupo definido de jugadores que se consolida? Seguramente, el sueño de poder contar siempre con Messi. Desde un perfil atendible de la diplomacia se podrá argumentar que fue positiva la circunstancia de no tenerlo en un partido para probar otras variantes, como ya ocurrió en los últimos dos cruces por Eliminatorias (en los empates ante Colombia y Ecuador), cuando entró en los últimos minutos de los dos encuentros, recuperándose de una lesión muscular.
Está bien. Son conceptos políticos. Pero no reflejan sensaciones bien documentadas. No es atractivo, salvo para los adversarios eventuales de Argentina, perder a Messi ni aunque sea en un entrenamiento. Por eso, ojalá que haya sido la última vez.