No fue menor ese mérito. Hasta el arribo de Menotti en octubre de 1974, la Selección era un caso perdido. O tierra arrasada directamente. Los jugadores se borraban para no integrarla, los dirigentes no la consideraban ni la tenían en sus planes y en cada presentación obligada se convocaba a una especie de rejuntado para vestir la camiseta nacional.
El camino previo que desembocó en la conquista del Mundial fue, entonces, tan importante y valioso como el mismo Mundial. Si Argentina logró después su segunda Copa del Mundo en México 86 conducida por Carlos Bilardo y alumbrada por el genio de Diego Maradona, es porque 8 años atrás se había refundado el espíritu y el modelo de una Selección con infraestructura, calendarios internacionales, proyectos, logística y ambiciones.
A pesar de la sospecha eterna por aquel 6- 0 a Perú, en Rosario; el 3-1 de la final frente a Holanda le dio a la Selección el nivel de legitimidad mundial que siempre se le había negado. El extraordinario partido de 120 minutos ante Holanda fue la bisagra que terminó marcando un antes y un después en el fútbol argentino.
¿Cuál fue el aporte esencial de Menotti por encima de su liderazgo y capacidad organizativa? Sobre todo, interpretar que para ser altamente competitivo debía integrar la técnica sudamericana y el ritmo y la dinámica europea. La Selección mostró ese perfil colectivo. Quizás el que mejor corporizó ese mix fue Mario Kempes, una especie de Alfredo Di Stéfano moderno y vital, capaz de colaborar en zona defensiva tapando una escalada rival y despegar de inmediato en ataque con una potencia arrolladora.
Kempes sintetizó el fútbol agresivo y el temple de Argentina, aunque el capitán haya sido Passarella, el Pato Fillol el arquero, Ardiles la medida del ritmo y la descarga veloz y Bertoni y Luque los tanques que engañaban y no chocaban.
Es cierto, no alcanzó a brillar la Selección. No la rompió el equipo, como soñaba Menotti en la antesala de la competencia. El juego que denunció Argentina en los 7 partidos no se puede calificar de clásico ni de moderno, de revolucionario ni conservador. No se ganó una etiqueta. Tampoco abrazó un sistema táctico innovador. Hizo zona en el fondo, presionó en el medio, tuvo movilidad y reacción para salir y entrar de la jugada ofensiva y en particular, mostró la convicción que distingue a una Selección campeona del mundo.
La historia futbolera refleja eso. Como también refleja la otra historia. La que aún sigue viva. Aunque los mensajeros que proclamaban que eran "derechos y humanos" hayan levantado las banderas de la muerte.
La memoria, como siempre, no pactó con nada ni con nadie. Está ahí. Igual que ayer. A 35 años de aquel Mundial.