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05 de septiembre 2026 - 11:55
Cuando un vínculo te cambia: ¿puede la relación con alguien narcisista modificarte? / Por Romina Atencio

Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico rominaatencio@gmail.com. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.

Hay algo particularmente peligroso en determinados vínculos: no te das cuenta de que te están cambiando. No ocurre de un día para el otro. No hay necesariamente una escena puntual en la que puedas decir: “A partir de hoy dejé de ser yo”. Sucede de manera mucho más silenciosa.

Primero empezás a medir tus palabras. Después, evitás determinados temas. Más tarde, aprendés a anticipar el humor del otro, a pedir perdón aunque no tengas demasiado claro por qué, a dudar de lo que sentís, a minimizar lo que te pasa. Y un día descubrís que estás viviendo de una manera que jamás hubieras elegido.

Esto puede suceder cuando mantenemos durante mucho tiempo un vínculo con una persona que presenta rasgos narcisistas marcados: alguien que necesita tener el control, sentirse superior, recibir admiración, tener siempre la razón o colocar sus necesidades por encima de las de los demás, mostrando poca empatía por el impacto que genera.

Y no necesariamente estamos hablando de una pareja. Puede ser un padre o una madre. Una pareja. Un amigo. Un jefe. Un compañero de trabajo. Un socio. Incluso alguien de nues-tra propia familia. Porque el narcisismo no tie-ne un único escenario.

Cuando el narcisista es uno de los padres

Crecer junto a un progenitor con fuertes rasgos narcisistas puede enseñarte, desde muy temprano, que el amor tiene condiciones. Tal vez aprendiste que eras valorada cuando cumplías sus expectativas, cuando tenías buenas notas, cuando eras exitosa, cuando no generabas problemas o cuando hacías aquello que necesitaba de vos.

Y quizás aprendiste también que sus emociones eran más importantes que las tuyas. Si estaba enojado, había que adaptarse. Si estaba triste, había que contenerlo. Si estaba decep-cionado, había que reparar algo.

Así, muchas personas llegan a la adultez siendo excelentes lectoras de las necesidades ajenas y bastante malas reconociendo las propias. Se convierten en mujeres que dicen “sí” cuando quieren decir “no”, que sienten culpa cuando ponen límites y que creen que cuidar a los demás es una obligación. No porque hayan nacido así. Porque aprendieron a sobrevivir así.

"Crecer junto a un progenitor con fuertes rasgos narcisistas puede enseñarte, desde muy temprano, que el amor tiene condiciones", analiza la autora.

Cuando es tu pareja

En una relación de pareja, el proceso puede ser todavía más confuso. Al principio puede existir una intensidad enorme. Atención, admiración, seducción, mensajes constantes, promesas, una sensación de conexión extraordinaria. Pero con el tiempo algo comienza a cambiar.

Aquello que al principio parecía fascinante puede convertirse en control. Tus decisiones son cuestionadas. Tus amistades molestan. Tus límites son interpretados como falta de amor. Tus necesidades son consideradas exageradas.

Y aparece una dinámica particularmente dañina: empezás a trabajar permanentemente para recuperar la versión del otro de la que te enamoraste. Intentás ser más comprensiva. Más paciente. Más amorosa. Más disponible. Pensás: “Si logro explicarme mejor, va a entenderme”.

Pero terminás haciendo algo mucho más profundo: empezás a abandonarte para sostener la relación. Y cuando eso sucede durante mucho tiempo, tu autoestima puede deteriorarse. Dejás de preguntarte qué querés y empezás a preguntarte qué tenés que hacer para que el otro esté bien.

Cuando es un amigo

Hay amistades narcisistas que pueden pasar inadvertidas durante años. Son vínculos donde todo gira alrededor de una persona. Sus problemas son urgentes. Sus emociones son importantes. Sus logros merecen celebración. Pero cuando vos necesitás algo, la conversación rápidamente vuelve hacia ella.

Quizás también aparece la competencia permanente: quién tiene más éxito, quién está más linda, quién viajó más, quién consiguió el mejor trabajo, quién tiene la mejor pareja.

Y poco a poco empezás a sentir que incluso aquello que debería ser compartido se convierte en una comparación. Una amistad saludable no debería hacerte sentir que tenés que de-mostrar constantemente tu valor.

Cuando es tu jefe o tu compañero de trabajo

El narcisismo también puede aparecer en el ámbito laboral. Un jefe que se atribuye los logros del equipo, que humilla, manipula o responsabiliza a otros por sus errores puede generar un ambiente donde las personas comienzan a trabajar desde el miedo.

Y ahí aparece otra transformación silenciosa. Dejás de trabajar para crecer y empezás a trabajar para evitar problemas.

Revisás diez veces un correo. Dudás antes de hablar en una reunión. Te preocupa cualquier comentario. Sentís que nunca es suficiente. Incluso fuera del horario laboral seguís pensando en lo que ocurrió. El trabajo empieza a ocupar un espacio psicológico mucho mayor que el que debería.

Cuando es tu socio

Una sociedad también puede convertirse en un vínculo profundamente desigual. Cuando una persona necesita controlar todo, apropiarse de losméritos y trasladar responsabilidades, la relación profesional puede transformarse en una lucha constante. Y lo peligroso es que muchas veces, para evitar conflictos, comenzás a ceder:

  • Cedés decisiones.
  • Cedés dinero.
  • Cedés reconocimiento.
  • Cedés límites.

Hasta que un día descubrís que ya no estás construyendo un proyecto junto a alguien: estás intentando sobrevivir a una relación de poder.

¿Qué empieza a pasar con vos?

Quizás esta sea la parte más importante. Porque cuando permanecemos mucho tiempo en un vínculo de estas características, podemos comenzar a modificar nuestra manera de pen-sar, sentir y relacionarnos.

Nos volvemos hipervigilantes. Pensamos demasiado antes de hablar. Dudamos de nuestras percepciones. Pedimos perdón constante-mente. Nos cuesta confiar.

Tenemos miedo de equivocarnos. Sentimos culpa por poner límites. Necesitamos aprobación. Nos acostumbramos a explicar nuestras decisiones. Y, sobre todo, empezamos a alejarnos de nosotros mismos.

La pregunta deja de ser “¿qué quiero?” y pasa a ser: “¿Qué tengo que hacer para que esto no se rompa?”

Ese cambio es una señal de alarma. Porque un vínculo saludable puede desafiarnos, enseñarnos y hasta hacernos revisar determinadas conductas. Pero no debería obligarnos a desaparecer.

Romina Atencio

Entonces, ¿cómo salimos?

El primer paso no siempre es irnos. A veces es algo mucho más interno: volver a creer en nuestra propia percepción.

Empezar a registrar qué sentimos. Qué nos molesta. Qué necesitamos. Qué límites fueron cruzados. Qué cosas estamos tolerando que antes jamás hubiéramos tolerado.

También puede ser necesario dejar de buscar explicaciones infinitas para justificar el comportamiento del otro. Comprender por qué alguien actúa como actúa no nos obliga a permanecer a su lado. Y poner límites no significa castigar. Significa establecer hasta dónde estamos dispuestos a participar de una dinámica.

En algunos casos será posible tomar distancia. En otros será necesario terminar el vínculo. Y cuando hablamos de una relación familiar, laboral o de pareja, puede ser mucho más complejo. Allí pedir ayuda profesional puede ser fundamental para recuperar herramientas, autoestima y claridad.

Porque salir de un vínculo dañino no siempre significa solamente alejarse físicamente. A veces significa desarmar una versión de nosotros mismos que aprendió a sobrevivir complaciendo al otro. Y volver a construirnos.

Volver a vos

Quizás la pregunta más importante no sea:

  • “¿Esta persona es narcisista?”

Quizás sea:

  • “¿En quién me estoy convirtiendo al lado de esta persona?”
  • Porque esa respuesta puede decirnos mu-chísimo:
  • ¿Soy más libre o más temerosa?
  • ¿Puedo expresarme o tengo miedo de las consecuencias?
  • ¿Puedo decir que no?
  • ¿Puedo equivocarme?
  • ¿Puedo celebrar mis logros sin sentir culpa?
  • ¿Puedo tener una opinión diferente?
  • ¿Puedo ser yo misma?

Un vínculo no debería exigirnos convertirnos en una versión pequeña, silenciosa y complaciente de quienes somos. Y si hace tiempo que sentís que tenés que caminar sobre cáscaras de huevo, que necesitás medir cada palabra o que tu vida entera gira alrededor de mantener la paz con alguien, quizás haya llegado el momento de mirar algo más que al otro.

Quizás sea momento de mirarte a vos. De preguntarte cuánto de tu vida estás entregan-do para sostener un vínculo. Y, sobre todo, cuánto de vos misma estás dejando atrás para que ese vínculo pueda continuar.

Porque a veces salir no empieza cuando cerramos una puerta. Empieza mucho antes. Empieza cuando, por primera vez en mucho tiempo, nos animamos a decir: “Esto que estoy viviendo me está modificando. Y no quiero seguir perdiéndome para que otra persona pueda sentirse bien”.

Lo importante, es que sepas, que siempre se puede salir de este tipo de vínculos y de cualquier otro que te esté haciendo mal. Te sentís que necesitas trabajar en este aspecto de tu vida. Te invito a que agendemos una sesión. Podés contactarme por WhatsApp al 116-016-5378.

Con amor, Romi.