Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
Hay algo que hacemos casi sin darnos cuenta: quejarnos. Nos quejamos del clima, del trabajo, de la pareja, de los hijos, del dinero, del cuerpo, del cansancio, de lo que no tenemos, de lo que otros hacen y de lo que otros no hacen. A veces incluso nos levantamos por la mañana y antes de preguntarnos cómo estamos, ya estamos pensando en todo lo que está mal.
Y lo curioso es que la queja puede sentirse bien porque funciona como descarga. Nos hace sentir acompañados cuando encontramos a alguien que piensa igual. Incluso puede generar una sensación de alivio. Pero ese alivio puede tener un precio. Porque cuando la queja deja de ser una expresión ocasional de nuestro malestar y se convierte en una forma habitual de mirar la vida, empieza a modificar nuestra percepción de la realidad. Y entonces sucede algo muy interesante: cuanto más nos quejamos, más motivos encontramos para seguir quejándonos.
Cuando vivimos instalados en la queja, nuestra atención comienza a buscar aquello que falta. “Me falta dinero”. “Me falta tiempo”. “Me falta amor”. “Me falta reconocimiento”. “Me falta ayuda”. “Me falta suerte”. “Me falta esto para poder estar bien”.
Y cuanto más ponemos nuestra atención en lo que falta, más evidente se vuelve la sensación de carencia. No necesariamente porque nuestra vida tenga más carencias que antes, sino porque estamos entrenando nuestra mente para encontrarlas. Es como si colocáramos un filtro delante de nuestros ojos.
La realidad sigue teniendo cosas buenas, posibilidades, personas que nos aman, pequeños momentos de disfrute, oportunidades y recursos. Pero el filtro de la queja hace que aquello que falta tenga mucho más volumen que aquello que sí está.
Y esto no significa negar los problemas. Significa entender que una cosa es reconocer aquello que necesitamos transformar y otra muy diferente es convertirnos en espectadores permanentes de todo lo que está mal. Porque no es lo mismo decir: “Esto no me gusta y quiero cambiarlo”, que repetir todos los días: “Esto es horrible, siempre me pasa lo mismo, nada me sale bien”. La primera frase abre una posibilidad. La segunda puede encerrarnos.
¿Por qué cuesta tanto dejar de quejarnos? Porque la queja tiene una recompensa inmediata. Cuando nos quejamos sentimos que estamos haciendo algo con aquello que nos molesta. Hablamos. Descargamos. Señalamos. Buscamos culpables. Y muchas veces encontramos también alguien que nos dice: “Sí, tenés razón”. Y durante unos minutos sentimos alivio.
El problema es que ese alivio no necesariamente transforma aquello que nos está haciendo sufrir. Por eso, necesitamos volver a quejarnos. Y otra vez. Y otra vez. La queja puede convertirse en un circuito: algo me molesta, me quejo, siento alivio, nada cambia, vuelve la frustración, me vuelvo a quejar.
Hasta que dejamos de preguntarnos: “¿Qué puedo hacer con esto?” Y empezamos automáticamente a preguntarnos: “¿De quién es la culpa?” Y ahí la queja comienza a quitarnos algo muy importante: poder. Porque si todo lo que sucede depende de los demás, del contexto, de la economía, de mi pareja, de mis hijos, de mi jefe o de mi pasado, entonces ¿qué puedo hacer yo? La queja puede hacernos sentir que tenemos razón, pero también puede hacernos sentir impotentes.
A veces no nos quejamos solamente porque estamos mal. A veces nos quejamos para conectar. Y esta parte es mucho más sutil. Porque la queja también puede funcionar como un mecanismo de empatía y pertenencia.
Alguien nos dice: “Estoy agotada. No doy más”. Y respondemos: “íAy, yo estoy igual!” Alguien cuenta que está teniendo problemas con su pareja y enseguida contamos los nuestros. Alguien habla de lo difícil que está todo y nos sumamos: “Sí, es terrible. Cada vez está peor”. Y en ese intercambio sucede algo: nos sentimos cerca. Sentimos que pertenecemos. Es como si dijéramos: “Te entiendo porque a mí también me pasa”. La queja crea un territorio común. Un idioma compartido. Una especie de contraseña social. Y esto puede ser completamente inconsciente.
Porque quizás aprendimos, sin darnos cuenta, que para caer bien tenemos que coincidir. Si vos te quejás, yo me quejo. Si vos criticás, yo aporto una crítica. Si vos contás lo difícil que está tu vida, yo te cuento lo difícil que está la mía. Y así construimos rápidamente una sensación de complicidad: “Somos iguales”. “Vos me entendés”. “Tenemos los mismos problemas”.
Pero, ¿qué pasa cuando empezamos a necesitar la queja para sentirnos parte? Podemos terminar creyendo que para conectar necesitamos compartir el malestar. Y quizás no. Quizás podamos escuchar a alguien decir: “Estoy agotada” y simplemente responder: “Te entiendo. Debe ser difícil”. Sin necesidad de agregar: “Yo también estoy destruida”. Podemos acompañar sin amplificar. Podemos empatizar sin absorber. Podemos escuchar sin hacer nuestra la mirada del otro.
Porque empatizar no significa necesariamente sentir lo mismo ni pensar lo mismo. Puede también pasar que te quejes para no despertar envidia. Esto también puede ser muy inconsciente. A veces nos cuesta mostrar que algo nos está yendo bien. Nos cuesta decir que estamos felices. Que nuestro proyecto funciona. Que estamos enamorados. Que disfrutamos de nuestra familia. Que conseguimos algo que deseábamos.
Entonces aparece inmediatamente un “pero”. “Estoy feliz, pero estoy agotada”. “Me está yendo bien, pero...” “Nos fuimos de viaje, pero gastamos una fortuna”. “Estoy disfrutando mu-cho esta etapa, aunque obviamente tengo mil problemas”. Como si necesitáramos demostrar que nuestra vida tampoco es tan maravillosa. Como si mostrar demasiado bienestar pudiera incomodar a los demás. Como si para no ser envi-diados tuviéramos que demostrar que también sufrimos.
Y acá aparece otra pregunta poderosa: ¿Cuántas veces achicamos nuestra felicidad para que otros se sientan cómodos? Porque quizás también eso sea una forma de carencia. No porque no tengamos algo bueno, sino porque no nos permitimos reconocerlo plenamente.
Esto es importante. No se trata de convertirnos en personas que dicen: “Todo está perfecto”. No. Hay situaciones injustas. Hay vínculos que duelen. Hay trabajos que nos hacen mal. Hay pérdidas. Hay cansancio. Hay problemas reales. Y necesitamos poder hablar de ellos.
La diferencia está en lo que hacemos después. Podemos decir: “Esto no me hace bien y necesito pensar qué hacer”. O podemos pasar horas repitiendo: “Esto es horrible, siempre me pasa lo mismo, nadie me ayuda, nunca tengo suerte”. La primera posición nos devuelve movimiento. La segunda nos deja girando alrededor del problema.
Romina Atencio
El primer paso es observarla. Durante unos días, escuchate. ¿Cuánto te quejás? ¿De qué? ¿Con quién? ¿En qué momentos? Pero agregá una pregunta: ¿Para qué me estoy quejando? ¿Necesito descargar? ¿Necesito pedir ayuda? ¿Necesito poner un límite? ¿Necesito cambiar algo? ¿Necesito sentirme acompañada? ¿Estoy buscando conexión? ¿Estoy buscando aprobación? ¿Estoy intentando que nadie me envidie?
Esta última pregunta puede ser reveladora. Porque quizás descubramos que algunas de nuestras quejas no tienen tanto que ver con lo que nos pasa. Tienen que ver con cómo aprendimos a relacionarnos.
Cuando pienses: “Siempre me pasa lo mismo”. Preguntate: ¿Qué estoy repitiendo? Y cuando aparezca la necesidad de sumarte a la queja de alguien para generar conexión, probá algo diferente: escuchá sin copiar.
Quizás descubras que podés pertenecer sin quejarte. Que podés caer bien sin coincidir. Que podés empatizar sin absorber. Que podés contar que estás bien sin sentir culpa. Y que podés disfrutar de lo bueno que te pasa sin tener que justificarlo con una desgracia. Porque quizás el verdadero desafío no sea dejar de quejarnos. Quizás sea aprender a relacionarnos de otra manera. Una donde no necesitemos compartir el sufrimiento para sentirnos cerca. Una donde podamos decir: “Estoy feliz”. “Esto me salió bien”. “Estoy orgullosa de mí”. “Estoy disfrutando esta etapa”. Sin agregar inmediatamente: “Pero...”
Una donde podamos escuchar: “Estoy pasando un momento horrible”. Y responder: “Te entiendo. Estoy acá”. Sin necesidad de decir: “Yo también estoy hecha mierda”.
Porque quizás una de las formas más profundas de salir de la carencia sea justamente ésta: dejar de necesitar la carencia como punto de encuentro. La próxima vez que estés a punto de sumarte a una queja solamente para generar complicidad, hacete esta pregunta: ¿Estoy expresando lo que realmente siento o estoy usando la queja para pertenecer?
Ojo. Porque quizás no necesites quejarte para conectar. Quizás tampoco necesites mostrar tus problemas para que nadie te envidie. Quizás no necesites achicar tu felicidad para que otros se sientan cómodos. Y quizás puedas descubrir algo mucho más poderoso: que también podemos encontrarnos desde la alegría, desde la abundancia, desde la admiración, desde la celebración y desde todo aquello que sí está funcionando.
Porque pertenecer no debería exigirnos vivir en carencia. Y conectar con otros tampoco debería costarnos nuestra propia manera de mirar la vida. Con amor. Romi.
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