Ramona, administradora de la zona, expresó: 'yo uso un repelente de larga duración, que es el que usan en el campo, si no, es imposible'.
En las distintas ciudades de la costa también se agotaron los insecticidas, las tabletas y los tradicionales espirales. Y es que la voracidad de estos insectos -una variedad no muy grande pero de color negro, bien oscuro- no sólo molestaban con su presencia sino que, cada vez que picaban, producían mucho dolor y la correspondiente comezón posterior.
Lo más curioso fue que el amanecer no los espantó, ni mucho menos. Tampoco la brisa marina ni la cercanía a las olas. Tal es así, que en muchos balnearios, los carperos esperaron a los clientes con un espiral encendido, para tratar de ahuyentar a los bichos.
En la playa, resultó hasta gracioso ver a las familias recurriendo al repelente como si fuera protector solar.